Casa Ecuménica Popular | junio 16, 2020

Declaración contra el racismo y toda discriminación


                                                                                                      «Y los que procuran la paz, siembran en paz para recoger como fruto la justicia».
Santiago 3.18

Nuestro presente
Denunciamos firmemente el asesinato de George Floyd por el Departamento de Policía de Minneapolis. Nos unimos al llamado y exigimos justicia para miles de familias en todo Estados Unidos de Norteamérica que han perdido a alguien por la violencia policial.
En épocas de la pandemia del COVID-19 no podemos evitar también reconocer y denunciar que existe otra pandemia más encubierta y solapada que parece no tener fin: la de las “Ideologías de Odio”. Sobre ellas se erigen dinámicas letales y endémicas en América Latina tales como el racismo, la misoginia, la xenofobia, la LGBTIQ+fobia.
Como Iglesia Antigua de las Américas queremos expresarnos respecto de los dolores de la humanidad desde siglos en cuanto a los efectos muchas veces invisibilizados que producen esas “Ideologías de Odio”.

Vivimos una época donde imperativamente desde la cultura hegemónica es más atractivo focalizarnos en la búsqueda de otros planetas en donde escapar una vez que hayamos devastado este planeta. Parece no importar lo que sucede aquí y ahora con esta casa común que llamamos Tierra. Nadie en este planeta debería salir y colonizar nada, como pretenden los grandes poderes. Al contrario, deberíamos reconocer que, todo lo que hacemos está carcomido hasta la raíz por las “Ideologías de Odio” que separan en grupos a la familia humana y laceran incluso su continuidad como especie.
El aberrante crimen de odio contra George Floyd (46) en los Estados Unidos de Norteamérica se repite simultáneamente alrededor del mundo todos los días. El ministerio pastoral junto a las comunidades de nuestra Iglesia se extiende en diversos países de nuestra latinoamérica, todos signados por situaciones similares. En Colombia, María Nelly Cuetia (55) y Pedro Tróchez (58), dos sabixs y médicxs tradicionales del Cauca, torturadxs y asesinadxs por militares. En Costa Rica, la violencia incesante y la constante violación a los derechos de los Pueblos Indígenas
produce muertes como la de Sergio Rojas (59) y Jerhy Rivera Rivera (45), dirigentes de la zona de Térraba, como tambien el continuo reclamo de la implementacion de Políticas Públicas para las personas en Condición de Discapacidad, la mayoría de las veces viven en extrema pobreza y sin acceso a la educación y a un trabajo digno, en muchos de nuestros países la Discapacidad tiene rostro de Mujer, la discapacidad intelectual es invisibilizada y sigue siendo uno de los retos más grandes para terminar con las discriminación y la exclusión social de quienes viven esta condición.
Al mismo tiempo, en Brasil, Miguel (5), el hijo de Mirtes Renata, una empleada doméstica, asesinado por la negligencia de su patrona blanca, quien dejó caer al pequeño de un noveno piso. En Guatemala, Domingo Choc Che (36), guía espiritual, sacerdote y médico Maya, quemado vivo y asesinado por una turba cristiana fanática.
En México, Giovanni López (30) asesinado por la policía de Jalisco por no traer cubrebocas. En Argentina, Luis Armando Espinoza (31), trabajador rural , asesinado por un grupo de policías en la localidad tucumana de Simoca al tiempo que la policía reprimía despiadadamente a la Comunidad Qom, amenazándoles con prenderles fuego vivxs mientras acosaban sexualmente a la mujeres de la comunidad en la Provincia del Chaco. Estos y tantos casos más ponen de manifiesto la impunidad rampante con la que se cometen violaciones a la vida y dignidad de las personas por su color de piel, clase social u orientación de género.
Los pueblos en América Latina hemos tenido muchas opresiones, y aún hoy en día las seguimos teniendo. En ningún país, bajo ningún gobierno, las personas de pueblos indígenas han terminado de padecer la opresión que ya lleva más de 500 años. Sus tierras son constantemente tomadas y, por lo tanto, son expulsadxs de sus territorios, sus hijxs todavía sufren y mueren por desnutrición. En cada país desde México hasta Argentina —no importa cuánto lo disfracemos de discursos elaborados— son consideradxs como “ciudadanxs de segunda”. Esa situación de opresión no ha cambiado. También hemos atravesado por dictaduras cívico-militares que han diezmado nuestra población y echado por tierra nuestros derechos, al mismo tiempo, observamos la corrupción y las injusticias sociales y cómo las personas cada vez acceden a menos recursos. Vemos cómo las riquezas y los privilegios están cada vez más en manos de unas pocas personas y una gran mayoría es excluida. El panorama se presenta cada día desesperanzador: ¿Es algo que durará para siempre? La respuesta es NO. Como personas de fe nuestro compromiso es transformar nuestras sociedades teniendo como base el cuidado de la humanidad con toda su diversidad, el ejercicio de la justicia, la paz y equidad. Esto significa denunciar y manifestarnos en contra de las discriminaciones debido al color de piel, a la pertenencia étnica y a la proveniencia geográfica y social, entre otras razones, pues todas las personas son iguales en sus diferencias y particularidades.

Reflexión sobre religión y discriminación
Pocas instituciones de Iglesias Cristianas hacen memoria y reconocen la connivencia del cristianismo imperial importado con los poderes coloniales en la raíz de estos males hace más de 500 años, específicamente en nuestra América Profunda, son más de 500 años de invasión, destrucción y esclavización de un sistema basado en el mal uso de la Biblia y una cierta interpretación del Dios cristiano, quien se ha transformado en un ídolo castigador. Con firmeza y convicción hoy decimos: ¡Basta de secuestrar la fe de las personas para legitimar la discriminación y el odio!
Muchas Iglesias Cristianas predican que “Jesús es el único salvador”. Sin embargo, esa declaración se transforma en una afirmación racista cuando se entiende a Jesús como alguien caucásico, muy alejado del contexto Palestino en donde nació. Los efectos de esa afirmación legitiman la muerte de personas como George Floyd y tantas otras en este continente.
Muchas personas cristianas creen que “La Biblia es la Palabra de Dios”. No obstante, esa afirmación se vuelve imperialista y colonizadora cuando el texto escrito deja de lado las enseñanzas de Jesús -hijo de Dios- quien afirmó haber venido para que tuviéramos vida en abundancia (Jn 10.10). En nombre de ese texto desencajando el mensaje de fe se han asesinado, torturado y discriminado a personas en cada país por no seguir esa interpretación dogmática de la Biblia. Diosx/divinidad de muchos nombres no es propiedad de ningún grupo étnico, religioso o nacional sino que se relaciona con todas las personas que buscan la justicia, la equidad, la diversidad y el respeto. La Divinidad que revelan las Sagradas Escrituras en Jesús se manifiesta y se pone siempre del lado de las personas oprimidas, excluídas, avasalladas y marginadas.

En nuestro caminar tanto en la vida cotidiana como en otros espacios donde actuamos como Iglesia Antigua de las Américas encontramos personas que creen tener una verdad que nosotrxs no tenemos. Pareciera ser que algunas personas cristianas han tomado para sí el derecho que solo le corresponde a Dios de discernir las acciones en los corazones de las personas. Eso no solo es arrogante, sino que si unx cree que por rezar/orar bonito Dios se va a agradar mientras criticamos y herimos a otras personas, estamos equivocadxs. Si pensamos que encendiendo miles de velas mientras traicionamos a las personas que queremos vamos a recibir una buena recompensa de parte de Dios, estamos equivocadxs. Dios se agrada más de una mujer que se enamora de otra mujer y trata a sus semejantes con respeto y justicia que de alguien que
aparenta amar a Dios y ser justx mientras discrimina. Dios se agrada de personas que se despojan de bienes para dárselos a quienes los necesitan. Dios recompensará a cada persona de acuerdo a sus obras según su criterio divino, no según nuestras limitadas comprensiones humanas sobre el resto de las personas en el universo. Quien se acerca a juzgar en nombre de Dios solo está demostrando que realmente no conoce a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4.8), no un juez sangriento. Dios ve las intenciones de las personas desde su amor incondicional y recompensa a cada persona con ese amor. En definitiva, la recompensa de Dios sobre las personas que actúan con justicia, solidaridad, equidad y respeto hacia la dignidad de otras personas será más amor de su parte.

Hacia una fe profética
Cada unx de nosotrxs es parte de la red que une a nuestra madre tierra y a toda la vida en ella. Históricamente, algunas partes de esa red han sido oprimidas, maltratadas y/o explotadas, porque son o parecen diferentes o para que otrxs puedan beneficiarse injustamente del fruto de su trabajo. Tanto el calentamiento global -causado por el maltrato a nuestra madre tierra como el COVID-19 nos recuerdan que si unx sufre, todxs sufrimos. Ante semejante situación de nuestro presente, la inacción no es una opción para las personas de fe. A pesar de nuestras diferentes creencias y formas de servir a aquello que es sagrado, es esencial trabajar juntxs para reclamar nuestro sitio en esta red y poner al servicio de otrxs nuestros, dones, recursos y trabajo. Juntxs construimos esperanza. Juntxs somos más fuertes. Juntxs estamos creando nuevas relaciones humanas donde el cambio es un pequeño acto a la vez.
A nuestro entender, las comunidades de fe deben ser proféticas y combatir este sistema
profundamente racista, fascista y discriminador. Es por ello que en la Iglesia Antigua de las Américas acogemos toda la diversidad en su máxima expresión y manifestación. En nuestras comunidades y su trabajo pastoral entendemos el enfoque inter-seccional como una manera de revelar cómo las discriminaciones interactúan y crean un sistema de exclusión, muerte y dolor al cual debemos oponernos en favor de la vida. El fervor de los corazones de tantas personas que quieren cambiar el mundo es necesario en estos momentos de incertidumbre. Ese es el verdadero mensaje del evangelio, una palabra que confronta y desafía al poder, para que las personas más vulnerables tengan la posibilidad de romper las cadenas de la opresión. Nuestra tarea de predicar y aplicar el Evangelio como parte de la revolución de las conciencias frente a este sistema viciado es un acto profundamente político que se manifiesta en nuestras experiencias colectivas junto a las personas de buena voluntad como aliadxs en pos de la liberación de toda la humanidad a través de un profundo acto de fe.

Conclusión
Luchar por no ser parte de algo tan grande, totalizante y devastador como las “Ideologías de Odio” se transforma desde nuestra fe en la lucha por ser comunidades amorosas y acogedoras sin importar el trasfondo religioso de cada persona. Es un compromiso a derribar los discursos que pretenden discriminar a las personas bajo términos como “pecado” (de la moral) y “maldad” en nombre de Dios. Nuestro llamado es a nombrar, denunciar y repudiar la maldad encarnada en las violaciones a los derechos humanos, aquellas formas de opresión que excluyen a las personas de la fe y del “buen vivir” y toda actitud, discurso y práctica que produzca la pérdida de la dignidad y el respeto hacia todas personas.
Se deben formar más alianzas y visibilizar distintas experiencias a fin de deconstruir
prejuicios y estereotipos anquilosados en la sociedad latinoamericana –especialmente en la lucha contra el racismo– también en las instituciones religiosas.
El camino hacia esa deconstrucción está abierto y esta declaración busca ser una contribución a ese proceso. Al mismo tiempo se deben seguir visibilizando las propuestas de instituciones religiosas cristianas que dan la bienvenida y respetan a todas las personas.
En medio de los territorios de las sociedades latinoamericanas que habitamos y donde llevamos a cabo nuestros ministerios de servicio a las personas en todas sus situaciones: Afirmamos que ninguna persona puede ser discriminada por su color de piel, su origen étnico, sus habilidades o discapacidades, por su género, orientación sexual o identidad de género, por su clase social o por su nacionalidad.
Comprendemos que ninguna persona puede ser condenada por las opciones de vida que ha hecho desde la fe que profesa. Nuestro camino profético nos mueve a sabernos juntxs y unidxs en toda diversidad, como seguidorxs de una fe plural ponemos de relieve la alegría que nos produce vernos y amarnos a pesar de todas nuestras riquezas particulares, diversidades, habilidades y discapacidades “Honrar a cada persona en su dignidad es el más grande reto que tenemos para encarnar la fe”.

Invitamos a todas las personas a transitar caminos de fraternidad, en la construcción de la paz con justicia, velando incansablemente por la igualdad en derechos, donde todas las personas sean respetadas y protagonistas de su propia historia, porque como diría Martin Luther King: “La esperanza de un mundo seguro y habitable recae en lxs disciplinadxs inconformistas que se dedican a la justicia, la paz y la fraternidad”. A través aquellas personas que luchan por la justicia es que podremos a lograr un futuro justo, igualitario y seguro para todxs. Ese será el momento donde finalmente erradiquemos las “Ideologías de Odio” que nos han oprimido en cada sociedad por siglos.
¡Creemos, afirmamos y trabajamos soñando que en la fe radicalmente inclusiva la
liberación es posible!
Signatarixs:
Revmo. Dr. Hugo Córdova Quero, Obispo (EE.UU/Argentina).
Revda. Gabriela Guerreros, Obispa Electa (Argentina).
Revdo. Can. Keilor López Rodríguez (Costa Rica).
Revdo. Jorge Espinel (Colombia).
Revdx. Carlos-Alejandra Beltrán Acero (Colombia).
Revda. Rita Fidelia Gómez Orta (Colombia).
Revdo. David de Jesús De Pascual (Argentina).
Lic. Pamela León Valle (Guatemala).
Lic. José Fernando Salcedo Martínez (Colombia).
Lic. Damián Nicolás de la Puente (Argentina).
Daniel Santos (México)

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