Noticias | julio 31, 2020

El poder transformador del bordado


Una azarosa investigación permite descubrir la diversidad de causas por las que organizaciones colectivas de distintas geografías eligen el arte textil para hacer visibles sus luchas. “Sos mía o de nadie”, “Devenir bicha”, “¿Qué hiciste para que te pegue?”, “Somos las nietas de las brujas a las que no pudieron quemar”, “Defendamos la Tierra”, “Mujer que se organiza no plancha más camisas”, son frases escritas sobre género o papel con agujas e hilos, que se alzan como estandartes de conciencia y de emancipación.

En las telas convertidas en banderas también hay nombres de desaparecidxs, de víctimas del femicidio y del transfemicidio. Brillan poemas, estampas, dibujos en el derecho y el revés de la trama, con relieves, lanas, entretelas, borlas y otras fornituras, brillos y texturas que traman vínculos, fragmentos de realidades que pujan por decir que la rebelión y el goce son políticos.

Como explica la curadora argentina Kekena Corvalán: “Hoy el lugar destacado del textil en el arte es irrefutable, abundan los trabajos contemporáneos y, para acercarnos al poder de su lenguaje, es bueno pensar el lugar de las prácticas artivísticas en las que parece haber encontrado un espacio enriquecedor e indisciplinar”. Labrar sobre seda, paño lenci o viyela ya no es, como impuso cierta tradición, un ejercicio decorativo para alcanzar la perfección femenina que impone el mandato hegemónico, “un castigo como parte del proceso de aprendizaje que construye un peculiar paisaje de producción y opresión”, tal como lo evoca la especialista Karina Madonni, en el libro El bordado como trazo, de la maestra y artista Marian Cvik y de quien firma esta nota, que tuvo su muestra en el Museo de la Mujer en 2019.

En el río de las vidas sumergidas, miles de artivistas ponen en marcha sus cuerpos y saberes para testimoniar que es posible ser autoras de formas no convencionales de lucha. A partir de los primeros años setenta, con las iniciales manifestaciones colectivas del feminismo, la difusión de las obras bordadas de Violeta Parra y el rescate que hizo la diseñadora Mary Tapia del textil autóctono, el trabajo manual comienza a tener un espacio fuera del ámbito doméstico y a ampliar sus horizontes. No es de un día para otro, es un proceso que se va hilando día a día “en talleres-casas-crisálidas-nidos, verdaderos lugares antropológicos, como diria Marc Augé, lugares practicados de pertenencia real, con múltiples historias, regados de relatos y de voces diversas”, dice Madonni. El uso del hilo y la aguja se va extendiendo en el tiempo y el espacio y va abrazando distintas causas para protagonizar en los últimos años un auge como medio insurreccional. Antes y durante la pandemia, bordado, arpillera, quilt y otras técnicas afines, se convirtieron en armas de rebeliones pacientes y perseverantes, que desocultan la variedad de la explotación actual. Con el zurcido, el parche y otras puntadas, se produce una belleza transformadora que defiende el derecho inalienable a una existencia digna.

El revés de la trama

Talleres que funcionan en casas, galpones, parques, plazas o villas; trabajos ásperos o primores desplegados en montes, cerros y favelas; mujeres, trans, travestis, hombres en deconstrucción, que ejecutan habilidades con tácticas exquisitas; estrategias antagónicas al recato y la sumisión se desarrollan en la selva, la costa, el campo y las ciudades. La repetición de la tarea textil parece infinita, pero los decires y los gritos del coser y del bordar son singulares y poderosos, aunque se tramen con los mismos puntos hilván, cadena, francés o cruz. La actividad suele hacerse en ronda tribal y con distintas destrezas da como resultado joyas de factura impecable, casi siempre surgidas del trauma.

Hay dos vertientes para pensar el arte textil, explica Corvalán, “como fenómeno cultural global articulado, legitimado y explotado por un mercado, por instituciones hegemónicas y por agendas signadas por el consumo (ferias, bienales, mega encuentros) con un modelo de artista individual inserto en circuitos competitivos. Y, enfrentada, la escena de las prácticas de perfil comunitario, que involucran contextos y saberes situados, ponen el acento en la producción y tienen una clara voluntad colectivista”.

Una mala práctica ginecológica se llevó la vida de Dora Morgen. Su hija, la artista plástica Analía Gauguin, hizo de su dolor el punto de partida en 2016 del colectivo que lleva el nombre de su madre, “para mostrar las frases que el patriarcado puso en nuestros cuerpos sin que nos demos cuenta. Usamos pañuelos blancos y los bordamos en rojo para denunciar. El dispositivo registra cada situación y se vuelve colectivo. Bajo el recurso artístico y amoroso aparece la crueldad con la que crecimos. Ocupamos el espacio público en marchas y manifestaciones, en Buenos Aires, Córdoba, Tandil, Bahía Blanca o Mar del Plata, bordando con adolescentes, jóvenes, mujeres y disidencias”, cuenta.

“Mil Agujas por la Dignidad arrancó como una manifestación en más de 83 ciudades, el 7 de diciembre del año pasado”, revela la historiadora y artista chilena residente en Barcelona, Karen Rosentreter Villarroel, gestora del proyecto. “Participaron personas afines al textil, creando postales en tela que se colgaron en tendederos a modo de instalaciones”, en calles, parques y plazas. El disparador fue el estallido social en Chile y, también, los diversos conflictos de América Latina”. “Mil Agujas” se trató de un fenómeno político autogestionado y abierto a la comunidad, liderado por mujeres, lesbianas y trans. “Las injusticias y violaciones a los derechos humanos provocaron un gran cansancio, dijimos basta a la brutal desigualdad. Bordar entre desconocides, en simultáneo, con una tarea y objetivo común, fue una manera de ejercer la protesta y darnos un sentido de pertenencia y la posibilidad de la resiliencia”, dice Rosentreter Villarroel. Poco después, ella misma creó “Puntadas Revoltosas”, exposición textil en el sitio web del Museo de la Mujer de Costa Rica, con la categoría política “Prohibido callar”. Apenas apareció el covid 19, se sumó la convocatoria “¿Tú qué bordas en cuarentena?”, que viene compartiendo por Facebook obras surgidas durante el confinamiento. Seiscientos bordados de Guatemala, España, Inglaterra, Francia, Bélgica, Estados Unidos, Turquía y el Líbano, entre otros países, dan cuenta del padecimiento viral, del maltrato contra mujeres y niñes, la discriminación racial, la trata, la pobreza y la homofobia. En la campaña, cuenta la curadora, “fue importante la participación de argentinas que produjeron trabajos sobre las Madres de Plaza de Mayo y sobre el colectivo Ni una menos”.

Bordado en acción

Para Mara Paz, artivista de la muestra transfeminista “Para todes, tode”, creada por Corvalán, el uso y reutilización de ropas antiguas mutan pasado en presente en una práctica que une bordado y performance. “Contra el olvido está la memoria y lo que no se escribe, muere”, asegura Paz. “Estas voces habladas, cantadas o bordadas no encuentran frontera. A veces son madre, otras hija y abuela, en un lenguaje que actualiza y reconstruye recuerdos, con texturas que transforman, abren y conmueven, para que el otro entre”. Ella fue une de miles de expositoras que llegó a nuevas audiencias que perciben más fácil el derecho a decidir sobre el deseo, unificando miradas y luchas, desde la polifonía de la solidaridad. Con Gabriela Morales, cordobesa como ella, Paz tomó servilletas para crear “Una bomba para esa boquita”, obra donde el rosa se mezcló con mostacillas y canutillos, “mariconeando al extremo símbolos de la masculinidad como hachas y pistolas, en clave xilográfica”. Lo que ofrecieron fue una tensión entre lo íntimo y el grito de guerra que llama a la autodefensa “por la impunidad de curas abusadores, por la obligación de parir, por los femicidios, por el hartazgo de una sociedad patriarcal, hipócrita y ciega”.

Aunque “Memorarte: Arpilleras Urbanas” nace en Santiago de Chile en 2014, reconoce ser la continuidad de la tradición arpillerista de los setenta, cuando mujeres humildes sufrieron la represión de una dictadura brutal. “Creaban una resistencia social y política testimonial con retazos y puntadas sencillas para protestar y denunciar atropellos; bordaban las detenciones, las desapariciones, la tortura y el hambre del pueblo”, evoca Cynthia Imaña, directora del colectivo.

“Memorarte” retoma aquel oficio textil que en el mundo dio a conocer Violeta Parra. La organización expresa en sus telas las problemáticas de la contingencia actual: vulneración de los derechos de las mujeres y del ambiente, pésimas condiciones de vida de la población marginada e incapacidad de los dirigentes para satisfacer las necesidades básicas. “Confeccionamos tapices de gran formato y los presentamos para llegar a la mayor cantidad de gente. Difundimos el oficio para entregar una herramienta comunitaria que haga visible lo invisible. Con el estallido de octubre último, fue un hito cubrir con textiles de 100 bordadoras la explanada de la emblemática Plaza Dignidad, centro neurálgico de las protestas”, relata Imaña. La reclusión actual no las paraliza, difunden sus creaciones por redes sociales y esperan “volver a las calles con nuestra consigna: Bordar para incidir”.

La memoria tiene fuerza de gravedad: siempre atrae. Y aquellas arpilleras que surgieron tras la cordillera encontraron nuevos sentidos, destinos y territorios. Una experiencia significativa es la del Movimiento de Afectadas por las Represas, MAB, en Brasil, que lucha por las poblaciones nativas alteradas por la extracción de agua. La activista, educadora popular y curadora Esther Vital García, residente en San Pablo, cuenta que en 2015 “algunas mujeres del MAB aprendieron el lenguaje textil con ayuda de las argentinas Ana Zlatkes y Mirta Zak. El conocimiento multiplicó posibilidades y hoy son cientos quienes lo emplean para denunciar el impacto y la violencia que las obras de ingeniería faraónica produjeron en el cotidiano de miles de personas”.

En Colombia, “El costurero de la memoria” resiste contra el olvido y la impunidad, y denuncian los efectos de la guerra a partir de las voces de las víctimas y de los ciudadanos que apoyan sus luchas. “Buscamos generar un proceso de construcción colectiva”, explica Claudia Chona, encargada de comunicaciones del grupo, “para que los diferentes oficios y saberes de costurero reconstruyan, reivindiquen derechos para la verdad, la justicia y la no repetición, y promueva un trabajo terapéutico y de sanación”.

Referente ineludible del textil mexicano, Rosa Borrás inició y coordinó en 2012 la réplica del colectivo “Fuentes Rojas”, Bordando por la paz, en Puebla, donde vive. Se trató de dejar constancia mediante puntadas de los nombres de cientos de víctimas de la violencia. Borrás distingue y reconoce la tradición textil de los pueblos originarios que resisten día a día las embestidas industriales y de explotación. Una víctima un pañuelo “consistió en bordar con hilo rojo los nombres de los asesinadas en la llamada guerra contra el narco. Se realizó un memorial masivo, efímero e itinerante de 2500 pañuelos en 2012, hasta que la represión gubernamental lo dio por terminado. Luego, en este y otros estados, continuamos bordando para evocar a las víctimas de feminicidio, a las personas desaparecidas y a las y los periodistas asesinados en México. Nuestra actividad está suspendida temporalmente, pero pensamos retomarla pronto”. Paralelamente, surgieron otras colectivas “que bordan para expresar descontentos políticos y sociales, desde el feminismo, el ambientalismo o la exigencia de verdad y justicia en general”.

Surgen con vehemencia proyectos textiles que provocan conexiones nuevas que imbrican deseos comunitarios y posicionamientos políticos. Replantean el sentido y método de la lucha y, sobre todo, preguntan qué es un artiste, qué es el arte, qué cuerpos acceden, cómo se juega el rol de las organizaciones, qué posibles habilitan, cómo configuran otras humanidades.

“El textil es una matriz de disputa territorial potente y estremecedora, con ejes como la disolución de autorías, el valor poético del soporte, lo performativo de su realización y las contradicciones que contiene y tensiona en su visión”, reflexiona Corvalán, para quien el marco es el giro político afectivo de las prácticas artísticas latinoamericanas. Un caso de potencia colectiva, poética y performática del textil en el entramado de acciones y organizaciones son las arpilleras colombianas y el trabajo de resistencia callejera de las compañeras de Trelew y Puerto Madryn, en Chubut. Ro Textil, por ejemplo, para quien activismo territorial y en taller se complementan”, dice la curadora. Hay un juego de escalas entre la producción singular y la conformación de grupas de lucha, entre creatividad en soledad y reciprocidad de creación, que caracteriza un trabajo cotidiano donde intimidad y disputa de lo público son acciones del mismo gesto político afectivo. Como sostiene Ro Textil: “La calle contiene nuestra sintonía colectiva, nuestro latir y nuestras ganas de cambiarlo todo”.

¿Cómo se puede disputar un territorio con esténciles y bordados? ¿Cómo puede una compañera convertirse en traductora de un juego creado en los intersticios de lo singular y lo colectivo? ¿Cómo se cortan las rutas y se marcha denunciando machistas, violadores y dinamitadores en pos de la megaminería con una pancarta que dice Mi goce es político? La potencia de estas obras “sacude el discurso vertical, constipado, poco representativo del sentir. Lo personal es político y lo político, personal. El cuerpo que porta la pancarta deviene festejo de subjetividades que se liberan y reapropian, mayorías minorizadas que toman herramientas del arte para reescribirse y sublevarse”, continúa Corvalán.

Fuente: Página 12

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