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Crédito: Ana Longoni / Latfem – Fotos: Gala Abramovich

Hace un año, a pocos días de la multitudinaria marcha del 1F que salió a las calles a responder valiente, contundente y en todas partes los dichos homoodiantes de Milei en Davos, escribí unas notas urgentes buscando que no se desvaneciera del todo la emoción de ese acontecimiento vertiginoso y para poner en común algo de esa preciosa experiencia colectiva, sus hallazgos y también sus atolladeros. Intentaba reponer el trayecto vertiginoso de una experiencia política que irrumpió en la Argentina a inicios de 2025 de manera inesperada y desafiante, por fuera de las lógicas y las organizaciones conocidas (sindicatos, partidos políticos, federaciones de la comunidad LGTBINBQ+).

Gracias a la invitación de Verónica Perera y Lidia Mateo a participar de un dossier sobre visualidades y memorias en las luchas transfeministas, finalmente el texto acaba de aparecer en la revista española Arbor, en compañía de suculentos textos de Nicolás Cuello y Lauri Gutiérrez, una entrevista a la poeta y activista antipunitivista Lili Cabrera y mucho más. Termina circulando recién ahora, cuando acaba de suceder hace pocos días el 7F, la segunda marcha del orgullo antifascista antirracista LGTBNBIQ+.

Aprovecho la coincidencia, y anoto en esta suerte de post scriptum algunas ideas y sensaciones luego de la potente marcha del sábado 7, cuando aún no se aquietó el polvo en el suelo y todavía tenemos las cuerpas tan cansadas como vibrantes. Intento lanzar cuestiones que toman la última marcha como escena para interrogar cómo estamos en relación a la confrontación con la arrasadora máquina fascista, y qué nuevos o viejos asuntos redundan en la (des)movilización.

1.

No digo ningún secreto si señalo que la marcha del 7F no fue tan inmensa como la del año pasado, en la que se calculó que se movieron cerca de dos millones de personas, no solo en Buenos Aires sino en muchísmos puntos del país y del mundo. Ya veíamos venir que esta segunda marcha no tendría la misma magnitud. Lo percibíamos a lo largo de las semanas en que construímos la movilización, nos reunimos en asambleas (en Parque Lezama la primera, las dos siguientes en Plaza Garay), deliberamos, nos llenamos de engrudo volviendo a ocupar el mismo largo paredón del año pasado con un mural gráfico que recupera distintas luchas de este año, nos juntamos a pintar coloridos y disparatados carteles sobre cartones, hicimos banderas, volanteamos. Agitamos y agitamos. Pero se notaba en el aire que el clima social, un año después, no es el mismo. Y, por supuesto, si el 1F surgió como una respuesta masiva, transversal e inmediata al insulto, la amenaza y la provocación presidencial hacia la comunidad LGTBNBIQ+, Milei aprendió la lección y esta vez se contuvo de agitar el avispero, y dedicó su intervención en Davos este año a anunciar ¡la muerte de Maquiavelo! 

Sin embargo, también hay que decir que la del 7F fue una marcha importante, conmovedora y concurrida, que llenó varias cuadras de Avenida de Mayo en su recorrido desde Congreso a Plaza de Mayo. Una movilización en la que sobre todo puso el cuerpo la comunidad lgtbnbiq+, ya que los partidos y sindicatos que adhirieron no movieron (o mejor, lejos de cualquier tono acusatorio, no pudieron mover) a toda su gente sino a delegaciones simbólicas o representaciones acotadas. El grueso de la marcha fue la columna de la asamblea antifascista antirracista (y dentro de ella la columna mostri, un compacto y festivo gentío que desbordó más de dos cuadras). Abría la movilización tras la bandera de arrastre llevada por las travestis mayores, las trabajadoras sexuales, lxs jubiladxs, familiares de víctimas de gatillo fácil,  referentes feministas, ambientalistas y de otros movimientos sociales, junto a personas discas en silla de ruedas, no videntes, o que requiriesen cuidados especiales (porque esta marcha, además de antifascista y antirracista, se propuso ser también anticapacitista, y generar condiciones para que quienes habitualmente no logran marchar porque no encuentran condiciones para estar allí, se supieran cuidadxs). Una columna nutrida y festiva,  erótica e insolente, politizada y delirante, conmovedora y juguetona, socarrona y entusiasta, disruptiva y amorosa, frágil y poderosa. Ahí estaba moviéndose mutante, tan viejo como recién llegado, “el Movimiento Social Mostri”, como lo bautizó -en chiste pero en serio- Silvio Lang.

Foto: Gala Abramovich

2. 

Pero está bueno no escabullir el bulto y pensar en colectivo qué significa o supone la diferencia de escala entre ambas marchas, la del 1F y la del 7F. Paso a proponer algunas hipótesis muy en pañales, que luego podemos ir afinando (o afilando) en la conversación y el debate, sobre lo que (nos) pasó este año y en qué punto estamos ahora. 

El primer factor que me parece clave sopesar es el estado de ánimo colectivo. Mucha gente amiga que iba a venir desistió a último minuto porque la calle le pesa, le da miedo, porque se siente abrumada por tareas de cuidado o pluriempleo (o está buscando trabajo), agotada o simplemente triste o desanimada. Si desde inicios del gobierno de Milei las condiciones materiales y subjetivas de vida no hicieron más que empeorar, el 2025 supuso confrontar no solo con la represión creciente, la crueldad lacerante alrededor, el deterioro de las condiciones de supervivencia. También implicó reconocer indicios de que este nuevo régimen del capitalismo ultraconcentrado en un puñado de megamillonarios, su avanzada colonialista y genocida en Gaza, en Venezuela y en tantas otras partes del mundo, se está consolidando en nuestro país con tremendo apoyo imperial y corporativo, y bastante apoyo popular (de acuerdo a lo que indicaron las últimas elecciones). Es decir, nos confrontamos no solo a un gobierno fascista (“fascismo cosplay”, como propone nombrarlo Luis Ignacio García) sino también a la diseminación de un sentido común que está muy lejos del que conocíamos. ¿Cómo entender, transitar, decir, sacar del cuerpo esto que podemos llamar “la derrota”? En este nuevo orden, nadie queda indemne: las vidas (las humanas y las no humanas) están en riesgo, los bosques patagónicos se queman y la megaminería avanza sin trabas contaminando tierras, aguas y glaciares.

Entonces, no es menor considerar el cansacio extremo, incluso la enfermedad, la desesperación, la ausencia de proyecto, la incapacidad de imaginar futuros, la pesadumbre del día a día sin aire  y sin expectativas de que este curso de las cosas vaya a detenerse o revertirse pronto. Asumir el registro sensible de una derrota no supone abandonar la pelea por la posibilidad de imaginar y materializar otras formas de vida en común, sino reconocer en qué punto estamos, medir fuerzas y encontrarle la vuelta para continuar.   

3.

Un segundo factor, creo, responde a cómo se manifiestan dentro de la asamblea la fragmentación y el desgaste interno del amplio y variopinto espectro que podemos considerar “oposición al gobierno”. Esta cuestión ya se evidenció el año pasado en las tensiones internas que llevaron a la vertiginosa eclosión y rápido vaciamiento de la asamblea luego del 1F y que en “Amor de verano” intento pensar a partir de la imagen “el fascismo dentro” (preguntando cuánto de la virulenta crispación e intolerancia contra la diferencia están inoculadas al interior de nuestras propias grupalidades y comunidades). De nuevo el proceso asambleario estuvo larvado por desconfianzas, veleidades y aparateadas que (re)conocemos y padecemos, desgastando desde el vamos el trabajo colectivo, impidiendo la elaboración común, despreciando los acuerdos alcanzados, empantanando y demorando la acción en confrontaciones no frontales sino subrepticias e inútiles.

Esta dificultad de lidiar con la diferencia explica también las impugnaciones hacia la columna mostri como antipolítica. Provienen en general de cierta izquierda partidaria que busca imponer su programa, sus consignas, sus modos de marchar, de enunciar y de determinar la corrección de un acto político. En un tiempo profundamente despolitizado, desde la columna mostri convocamos a politizar. Y esto puede querer decir: redefinir radicalmente qué entendemos por política. Para la política tradicional, lo mostri resulta escurridizo, inasible, inclasificable. A la vez, en medio de la desolación de estos tiempos, reconocen que en su rareza radica su vitalidad. 

El significante “antifascismo”, en este ciclo histórico, resurge aglutinando disidencias y trayectorias diversas en un mismo frente heterogéneo, una alianza impensada. Sin embargo, algunos sectores sostienen que la marcha del 7F no fue lo suficientemente antifascista porque su tono fue irreverente y lúdico (¿habrá que repetir hasta el hartazgo la  conocida frase de Emma Goldman “si no puedo bailar no es mi revolución”?). 

Mucha gente que se acercó a la asamblea presenciaba esas trifulcas sordas sin entender mucho y interesándose menos. Sintiéndose repelida en lugar de cobijada. Fuera de lugar.

Foto: Gala Abramovich

4. 

Por último, quiero señalar un tercer asunto: la desinformación. Mucha gente próxima, amiga, que marchó el año pasado y que hubiera participado de nuevo, esta vez ni se enteró de la marcha. En parte, por supuesto, porque los grandes medios de comunicación no informaron ni antes ni durante ni después acerca del 7F. Pero eso mismo también había pasado el año pasado, y sin embargo la convocatoria se propagó en pocos días, incontenible, a partir del boca en boca, circulando en redes sociales y  en calles a través de cientos de fotocopias y flyers caseros.  Entonces, quizá -y esto es más una intuición que una certeza- lo nuevo tenga que ver con un repliegue o un éxodo de mucha gente (incluida yo misma) lejos de las redes sociales. Muchxs se fueron de las redes, y otrxs ya casi no entramos salvo puntualmente cada tanto solo para publicar algún posteo y volver a salir, sin  consumirlas (o ser consumidxs por ellas) a diario. A ello se suma que la fragmentación de las comunidades que produce la algoritmización de la vida parece estar cada vez más acotada o ensimismada, como si nos hablásemos apenas entre unxs pocxs convencidxs mientras sostenemos la ficción de dirigirnos a una gran audiencia o comunidad que no existe. Las redes (o particularmente Instagram, que es la red a la que más apelamos desde la columna mostri) nos devuelven un mundo uniforme, sin polémica ni diferencia, homogéneo y tranquilo. Para el 7F nuestra estrategia comunicacional se siguió sosteniendo fundamentalmente en intervenciones para las redes. Concretamente, una campaña de flyers y videos hechos a pulmón, bien recibida en las interacciones que provocó pero restringida en sus alcances a un conjunto conocido y acotado de personas. 

Para ir más allá,  quizá sea necesario encarar con más destreza y puesta en riesgo ese “bosque oscuro de las redes” (como lo nombra Nico Cuello) y ensayar qué políticas nos vamos a dar dentro de ese territorio volátil. No se trata de abandonar las redes y dejar de intentar entender la lógica y el funcionamiento de la cultura algorítimica, aunque nos abrume y hastíe: necesitamos también ocuparla, hackearla, desconcertarla. Y a la vez, seguir recuperando como ya lo venimos haciendo viejas herramientas analógicas y artesanales (como el volanteo, la mesita callejera, la conversación, la acción gráfica…).

Esbocé aquí apenas tres puntas posibles, sin duda no las únicas, para situar dónde estamos en la actual confrontación política, con qué recursos contamos en esta disputa, qué emociones nos habitan (nos impulsan, nos paralizan), y sobre todo queriendo contribuir a elaborar colectivamente cómo seguirla. Porque las calles son nuestras calles -como corea la gente en las manifestaciones contra el ICE en Estados Unidos- y porque necesitamos apremiantemente reinventar la acción política, desadormecerla sacudiendo sus artilugios y convenciones, animándola a dar una enorme bocanada de vitalidad y riesgo de lo que ya está empezando a suceder pero aún no sabemos muy bien cómo será.