Skip to main content

Crédito: La Izquierda Diario

Este domingo (10/05/2026), se cumplieron 14 años de la sanción de la Ley de Identidad de Género de Argentina, una conquista histórica iniciada por la lucha del colectivo travesti/trans, de las disidencias sexuales y de décadas de organización colectiva. Argentina fue pionera en América Latina al reconocer el derecho a la identidad autopercibida, convirtiéndose en referencia mundial para miles de personas trans, travestis y no binaries.

La ley significó un antes y un después para todo el país. No fue una prioridad de los gobiernos de turno ni una concesión espontánea del Estado: fue una conquista impulsada por años de organización y resistencia de los movimientos travestis/trans y LGBT. Luchas que se dieron en las calles producto de la exclusión, la violencia policial, criminalización, expulsión familiar y persecución sistemática hacia las identidades travestis y trans. Durante mucho tiempo, la expulsión del sistema educativo, laboral, sanitario y social dejó al trabajo sexual como una de las únicas alternativas de subsistencia para gran parte de la población travesti/trans.

La posibilidad de acceder a un documento de identidad autopercibida representó también una conquista fundamental en terminos de reconocimiento y existencia legal. Sin embargo, también dejó al descubierto una contradicción: mientras Argentina ocupaba un lugar de referencia internacional por una legislación considerada de avanzada en materia de diversidad, la gran mayoría de personas travestis/trans seguía viviendo en condiciones de precarización extrema, sin acceso real al trabajo formal, a una vivienda digna, a la salud ni a derechos básicos garantizados.

El avance reaccionario y los discursos de odio

En este aniversario nos encontramos con una Argentina que atraviesa una avanzada reaccionaria, ultra derechista y neoliberal que vuelve a poner en discusión nuestras vidas. El gobierno de Javier Milei convirtió el odio hacia las diversidades en parte de su programa político y cultural. No son “excesos discursivos”: son políticas concretas que habilitan la respuesta a la violencia social, institucional y material.

En el Foro Económico Mundial de Davos del 2025, Milei atacó directamente al feminismo y a las identidades disidentes, calificando a la “ideología woke” como “el cáncer que hay que extirpar” y vinculando las luchas de género con discursos profundamente reaccionarios. Aquellas palabras no quedaron aisladas: fueron acompañadas por intentos de avanzar contra la Ley de Identidad de Género, el DNI de personas no binaries y otras conquistas históricas. Ahí están los proyectos impulsados por sectores libertarios y aliados que buscan retroceder décadas en derechos conquistados.

¿El odio se convierte en violencia concreta?

Mientras el gobierno habla de “libertad”, nuestras vidas siguen atravesadas por la precariedad, los travesticidios y transfemicidios continúan ocurriendo en un país donde la expectativa de vida travesti/trans sigue rondando apenas los 35 o 40 años.

Nos sigue faltando Tehuel de la Torre. Nos duelen todas las compañeras asesinadas por el odio y la exclusión estructural. Nos duele también el asesinato de Azul Semeñeko en Neuquén, nombres que se suman a una lista interminable que el estado y los gobiernos que permiten invisibilizar el ataque a las disidencias.

Según informes de organizaciones de derechos humanos y observatorios de violencia de género, los travesticidios y transfemicidios continúan creciendo en un contexto marcado por el retiro de políticas públicas y el avance de discursos reaccionarios promovidos desde sectores del poder político y mediático. Los discursos de odio no son abstractos: tienen consecuencias directas sobre nuestras vidas.

El cupo laboral trans: entre la conquista y la deuda pendiente

¿Se cumplió realmente el llamado cupo laboral travesti/trans? Se lo presentó como una política histórica, pero para muchas personas siguió siendo apenas una promesa vacía o una excepción mínima frente a la exclusión estructural. La mayoría de las personas travestis y trans continúa sobreviviendo en la informalidad, sin acceso a salud integral, vivienda ni trabajo estable.

La supuesta inclusión terminó muchas veces convertida en una pantomima progresista mientras las condiciones materiales seguían intactas porque no alcanza con tener leyes si después no existe presupuesto, implementación, ni políticas reales que transformen la vida cotidiana de quienes históricamente fueron expulsades de todos los espacios.

Defender la ley es defender nuestras vidas

Y aun así, seguimos acá.

Porque cada derecho conquistado fue producto de la organización colectiva y no de la buena voluntad de ningún gobierno porque nuestras identidades no son una moda ni una “agenda”: son vidas concretas que resisten todos los días frente al ajuste, la violencia y el odio organizado.

A 14 años de la Ley de Identidad de Género, defenderla implica también defender el derecho a vivir dignamente. No alcanza con existir en un DNI si el estado nos condena a la precarización, a la marginalidad o a la muerte temprana.

Frente a quienes quieren devolvernos al clóset, a la clandestinidad o al silencio, la respuesta sigue siendo la misma que construyeron las históricas del movimiento travesti/trans, cómo Lohana Berkins y Diana Sacayán, quienes nos enseñaron a responder con organización, lucha y memoria.