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Por Lucas Leal / La Tinta

Y entonces ella pensó:
«¿Por qué sigo inmolando mi deseo
en el altar del deseo ajeno?
¿Por qué no abandono las ollas de Egipto
y me lanzo de una vez por todas al desierto?
Allí voy a encontrar el mar, el hambre, la sed, la ira de Dios.
Pero es la única manera de encontrarme con la libertad.
Y con una visión mejorada de Aquel que reveló su nombre en Éxodo 3,14″.
En ese momento, se abrieron las puertas.
Y, una vez que sus ojos se adaptaron a la luz del sol, ella pudo salir.

«El escape de la hermana Rosaura» (abril de 2015), Francisco Albarenque

“Ella sí logró escapar”

El fragmento de Francisco Albarenque que abre esta nota es de carácter ficcional. Sin embargo, para asombro de muchos, se inspira en un hecho real acontecido hace apenas 10 años en la ciudad entrerriana de Nogoyá, donde se encuentra, desde 1991, el Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen, de la Orden de las Carmelitas Descalzas. Sus religiosas viven puertas adentro, con contacto mínimo y regulado con el mundo exterior, dedicadas a la oración y al trabajo manual.

Fue fundado por siete hermanas llegadas de otro Carmelo, entre las cuales se encontraba Roxana Peña, de nombre religioso: hermana Rosa de la Madre de Dios, quien escapó del convento el 28 de marzo de 2016 porque Luisa Toledo, la priora (madre superiora) en aquel momento, no le permitía retirarse o trasladarse a otro monasterio. Roxana se transformó en denunciante por privación ilegítima de la libertad.

Según consta en la sentencia, durante meses, Roxana memorizó los movimientos de la priora y el manejo de las llaves, y ese día, antes de que el convento arrancara su rutina diaria, se apoderó de la llave de la puerta que daba a uno de los patios y salió por una puerta de servicio, llegando hasta la Basílica Nuestra Señora del Carmen, donde pidió ayuda al párroco Bonín. 

Toledo, de nombre religioso: María Isabel de la Santísima Trinidad, había asumido como madre superiora a fines de 2006, quince años después de que Roxana ayudara a fundar el convento. Desde entonces, según relató el fiscal en el juicio, el régimen dentro del Carmelo se volvió sistemático. Roxana empezó a pedir formalmente su salida o su traslado en 2015, momento desde el cual el ensañamiento de Toledo hacia ella se agravó. Con excusas cada vez más burocráticas y caprichosas, se negó una y otra vez a elevar el pedido al obispo Puiggari, quien justificó sistemáticamente el accionar de la priora. Fue esa negativa sostenida, durante más de un año, la que terminó por empujarla a la fuga para liberarse de las torturas físicas, psicológicas y espirituales que Toledo ejercía sobre ella.

Según puede leerse en la sentencia, Toledo imponía a Peña castigos tales como realizar trabajos en el jardín, escondiendo las herramientas y forzándola a rascar la tierra con las manos; la obligaba a permanecer de rodillas en el piso durante la siesta o en horarios de la madrugada rezando durante horas; le exigía realizar la “disciplina”, una práctica que consistía en darse latigazos en las nalgas “previo subirse el hábito y bajarse la ropa interior” al ritmo de salmos y oraciones; o colocarse una mordaza “fabricada con un trozo de madera o un tubo tipo de ‘Redoxón’ perforado en su extremo, los que atados con un hilo, era sostenido por detrás de la cabeza” por el tiempo de un día a una semana. Llegó a obligarla, aludiendo al voto de obediencia, “a agacharse y hacer la señal de la cruz con la lengua en distintas partes del piso”, utilizando frases bíblicas para manipularla y anular su voluntad. 

La degradaba con sus palabras y minó su autoestima, generando en ella “un estado emocional de miedo, angustia y desesperación, con llantos permanentes”. Peña expresó en su declaración que se sentía “destruida” totalmente, sin saber cómo seguir viviendo de esa manera. “Ella sí logró escapar”, dijo Toledo en el juicio, al referirse a Roxana Peña.

“De la crisis de 2001, no supe nada hasta que salí”

Roxana no fue la única que sufrió los atropellos de la priora. Silvia Albarenque, cuyo nombre religioso fue hermana María Teresa de la Eucaristía, ingresó al Monasterio de Nogoyá en el año 1999 con la ilusión de entregar su vida a Dios y servirle como una carmelita. Dado el delicado estado de salud que atravesaba Silvia, Toledo permitió que su madre, María Luisa Rausch, la retirara del lugar en el año 2013. En la sentencia, se detalla que, desde el año 2007 a la fecha de su retiro, la priora le negaba, con distintas excusas, las solicitudes verbales y escritas para retirarse del Carmelo, la obligaba a darse latigazos en las nalgas con la disciplina, “prescribiendo que, cuanto más dolor se autoinfligiera, más cerca de Jesús estaría”; la forzaba al uso del cilicio (cinturón o liga de alambre con púas) en sus piernas y le imponía la mordaza para cumplir con el voto de silencio, que solo podía quitársela para comer. Tal era el ensañamiento de Luisa Toledo hacia Silvia que la castigaba durante días o semanas en su dormitorio (celda), a pan y agua, rezando, con las ventanas y puertas cerradas, impidiéndole ver la luz del sol y perdiendo la ubicación temporal,“llegando a provocar en la víctima intenciones de quitarse la vida mediante el azote de su cabeza contra el suelo”.

Uno de los hermanos de Silvia, en nota a Página/12, sostuvo: “Nosotros llevamos al Carmelo de Nogoyá un sol, una persona vivaz y alegre, y nos devolvieron un espectro que estaba al borde de la muerte”. Cuando Silvia fue rescatada por su madre, además, “tenía úlceras cicatrizadas en el estómago”, “una enfermedad crónica de tiroides sin tratar”, “la piel extremadamente blanca”, estaba demasiado flaca y padecía daños psicológicos.

Detrás de esos muros del convento de Nogoyá, no había radio ni diarios ni noticias. Tampoco intercambios con otras personas. La correspondencia personal era controlada por la priora. Con el tiempo, además, empezaron a impedirle la visita de su familia con excusas cada vez más arbitrarias. No había conversaciones privadas ni con visitas ni familia, ni siquiera con las propias monjas. Siempre había otra monja que vigilaba lo que se decía y, poco a poco, Toledo decidía qué podía saber del mundo exterior y qué no. El hermetismo era tal que la misma Silvia comentó en una nota que no supo absolutamente nada sobre la crisis de 2001 en nuestro país hasta el día en que salió del convento, en 2013.

El caso de Nogoyá salió a la luz por la investigación del periodista Daniel Enz, que desató la exposición mediática, y por la valentía de Silvia y Roxana, quienes se convirtieron en denunciantes y llevaron a juicio a Luisa Toledo, que fue condenada a tres años de prisión efectiva por privación ilegítima de la libertad doblemente calificada por el uso de violencia y amenazas, y por su continuidad a lo largo del tiempo. Esta es la primera vez en Argentina que la superiora de un convento de clausura es condenada a prisión efectiva por delitos cometidos en el ejercicio de su autoridad religiosa.

A Silvia y a Roxana no solo les robaron la libertad de movimiento, sino también una parte de su propio presente, de su memoria, de su historia con quienes las querían. Es un nivel de desconexión que no fue accidental. Se creó un mundo paralelo, incluso, en el tiempo, donde cronológicamente se podía estar viviendo en pleno siglo XVI puertas adentro, mientras afuera transcurría 2001, 2016, hoy. ¿Qué herramientas tiene una persona para darse cuenta de que aquello es abuso si no tiene ningún punto de referencia exterior contra el cual medirlo?


El abuso espiritual en conventos de mujeres

Este caso de abuso espiritual y eclesiástico entre mujeres en congregaciones femeninas no es un caso aislado. Las Siervas del Plan de Dios, rama femenina del Sodalicio de Vida Cristiana, cuyo fundador, Luis Fernando Figari, se encuentra acusado de abuso sexual y psicológico sistemático, sostenían una estructura verticalista y de obediencia estricta. Puertas afuera, estas religiosas eran conocidas por su banda de rock que las hizo populares entre adolescentes y jóvenes, mientras que, puertas adentro, el régimen distaba mucho de la calidez, alegría y cercanía con la que aparecían en sus conciertos. Andrea García, elegida personalmente por Figari para fundar la congregación, sería señalada por varias exsiervas como una de las principales responsables de años de abuso de poder y maltrato espiritual dentro de la comunidad que fundó desde un falso misticismo en el que afirmaba que sus órdenes eran manifestación divina.

En el libro Siervas de 2022, su autora, Camila Bustamante, reúne testimonios de mujeres que formaron parte de dicha institución, a la que describen con un patrón que se repite: captación de adolescentes en momentos de crisis familiar o emocional, restricción del contacto con la familia, jornadas reguladas en un estricto cumplimiento de horarios, superioras que asignaban tareas domésticas bajo regímenes que las propias entrevistadas describen como una forma de esclavitud, maltrato verbal, psicológico y emocional ante supuestas “faltas” a la vida comunitaria o consagrada, y decisiones caprichosas de quienes tenían el poder, obligando a las “súbditas” a cumplirlas bajo el lema: “El que obedece no se equivoca”. En enero de 2025, el Vaticano firmó el decreto de supresión definitiva de las Siervas del Plan de Dios después de una investigación ordenada por el propio papa Francisco.

Otro caso ampliamente difundido es el de “las mucamas de Dios”, donde el lenguaje de la vocación, el servicio y la disciplina actuó como un modo de manipulación y violencia. En 2021, 43 mujeres denunciaron ante la Justicia argentina y ante el Vaticano haber sido reclutadas siendo adolescentes de familias de bajos recursos de Argentina y Paraguay, bajo la promesa de una formación humana y una beca de estudio por parte del Opus Dei. Mientras se formaban en el Instituto de Capacitación Integral en Estudios Domésticos (ICIED), que funcionó en Bella Vista, provincia de Buenos Aires, entre 1972 y 2017, eran enviadas a trabajar en largas jornadas de limpieza, cocina y planchado en las residencias de la obra. Al ser nombradas como «numerarias auxiliares», la categoría más baja dentro de la estructura piramidal del Opus Dei, reservada exclusivamente al servicio doméstico, estas mujeres asumían compromisos de pobreza, castidad y obediencia, y su trabajo dejaba de ser trabajo para convertirse en una «ofrenda a Dios», por eso, no había salario, era vocación. Y quienes intentaban irse los primeros años eran trasladadas a otra residencia mientras se intensificaba, al decir de los testimonios, la presión espiritual. 

Un último ejemplo es el de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, rama femenina del Instituto del Verbo Encarnado, institución ultraconservadora fundada en San Rafael, Mendoza, por Carlos Buela, acusado de abusos sexuales a seminaristas y religiosas. Testimonios de exreligiosas de la congregación permiten identificar un mecanismo de control idéntico al que venimos describiendo: superioras que niegan el derecho a irse alegando «obediencia», prohíben a la comunidad hablar con quienes lograron salir (tildándolas de «peligrosas»), retienen la atención médica, presionan para firmar renuncias redactadas de antemano por ellas mismas y presentadas después como voluntarias, obligan a cumplir órdenes o castigos caprichosos, y alejan a las personas de su entorno familiar, entre otras cosas. 

Ana Lourdes Suárez, socióloga del Conicet, en 2024, coeditó el primer estudio académico integral sobre abusos eclesiales en América Latina, donde señala que las formas de violencia se sostienen porque «la autoridad viene de Dios» y, desde ahí, exigen una obediencia que anula la voluntad propia y toma la forma de abuso de poder (tareas impuestas, aislamiento decidido por una superiora, reglas comunitarias manipuladas a discreción), abuso espiritual o de conciencia (la fe, la confesión o la dirección espiritual usadas para gobernar hasta las decisiones más íntimas de una mujer), y abuso laboral (jornadas de cuidado, limpieza o docencia sin horario ni remuneración, disfrazadas de «entrega sacrificial»).

Queda, sin embargo, una pregunta que ninguno de estos casos termina de responder del todo: ¿cuántos otros lugares hay, ahora mismo, donde esto sigue pasando y nadie lo sabe? El abuso sexual, por más silenciado que haya estado durante siglos, tiene hoy un nombre reconocible, un protocolo y una gramática que permite identificarlo casi de inmediato. Pero ¿qué pasa con las otras formas de daño, las que no llegan nunca a la Justicia porque forman parte de un sistema que las legitima y que quienes las padecen no logran identificar? ¿Cómo se nombra el abuso cuando es un modo sutil en la administración total del tiempo, la palabra, el vínculo y la conciencia de otra persona?

Bajo el título de “Cautiva”, la historia de Silvia Albarenque y su paso por el Monasterio de Nogoyá se convirtió en ficción. Su hermano Francisco, en un texto compartido en redes sociales, comenta que fueron invitados por los productores a presenciar el rodaje de varias escenas de la serie. Cuenta que se encontraban con Silvia en una sala contigua, junto a las personas del equipo técnico y la producción, y seguían atentamente las escenas a través de dos monitores y escuchaban con auriculares cada palabra del diálogo. “No me resulta fácil ubicarme en el lugar de espectador porque es una historia que viví de cerca. No sé si veré Cautiva o cuándo, pero celebro que se haya hecho porque visibiliza algo que tiene que saberse. Frente a una injusticia que permaneció silenciada durante años y a otras que tal vez aún siguen ocultas, Cautiva cuenta una verdad que (…) debe ser ‘proclamada desde las azoteas’ (Lc 12,3). Confío en que también pueda ayudar a quienes hayan atravesado experiencias semejantes a encontrar un camino de justicia y sanación. Estoy convencido de que Cautiva será un aporte para que historias como esta no vuelvan a repetirse y para que ninguna comunidad religiosa sea un espacio ajeno al Estado de derecho”.