Crédito: Luciana Bertoia – Página/12
Taty Almeida fue parte de la familia militar. Su padre y su hermano eran oficiales del Ejército. Sus cuñados, oficiales de la Fuerza Aérea. Recurrió a los integrantes de las Fuerzas Armadas cuando el 17 de junio de 1975 desapareció su hijo Alejandro, estudiante de Medicina y militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). “Fueron los peronistas”, le dijeron. Y ella se contentó con esa explicación. El 24 de marzo de 1976, cuando los militares dieron el golpe, ella suspiró aliviada: “Ahora sí voy a recuperar a Alejandro”. No imaginó que el desgarro que sufría, por entonces, su familia se replicaría en miles de hogares argentinos. Con los años entendió que debía acercarse a otras que pasaban por lo mismo. Pero temía que “con el currículum que tenía” pensaran que era una espía. Cincuenta años después del golpe, ya como presidenta de Madres de Plaza de Mayo –Línea Fundadora, Taty sigue reclamando saber qué pasó con su hijo. “Siempre digo que no me quiero ir sin poder tocar aunque sea los huesos de Alejandro”, dice sentada en su departamento de Palermo, a metros de la cama de su hijo.
—¿Cómo era tu vida antes de la desaparición de Alejandro?
—Primero, gracias por hacer memoria. Esa memoria que hoy quieren borrar, pero no lo van a lograr porque, a pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie. Como para todas las Madres, hay un antes y un después de la desaparición de nuestros hijos. En mi caso, tengo tres hijos: Jorge, que vive en España; Fabiana; y Alejandro, que tenía veinte años cuando, en 1975, lo detienen y lo desaparecen. Alejandro desaparece el 17 de junio de 1975. Un día antes me había dicho que no iba a trabajar porque tenía un parcial, porque estaba cursando primer año de Medicina. Al otro día me levanto y veo que no estaba. Cuando él no volvía, me dejaba un papelito. Y no veo, no encuentro nada. En el mueble encontré una agenda de teléfonos y, en las últimas veinticuatro hojas, veinticuatro poesías. Otra de las cosas que yo no sabía. A mí Alejandro me cuidaba, me preservaba, no me hablaba nada de su militancia. Detrás de cada Madre hay una historia y la mía es que venía de una familia de militares. Todos: mi padre, que murió muy joven; mi hermano, coronel; los dos hermanos de mi exmarido, oficiales del Ejército; mis dos hermanas, casadas con dos oficiales de la Aeronáutica. Yo me crié en ese ambiente: anti, anti. Gorila. Los pelos me salían por todos lados, pero ya me afeité. Yo no tenía idea de la militancia de Alejandro. Todavía hay quienes dicen “por algo será que los desaparecieron”. Y nosotras, las Abuelas y las Madres, con mucho orgullo, decimos: “Claro que fue por algo, ni por estúpidos ni por perejiles”. Eran militantes políticos. No hay que tenerle miedo a la palabra militancia. Militancia es compromiso. Pero todo eso lo aprendí después. Pasaron los días y Alejandro no volvía. Entonces recurrí a mis conocidos. Con uno de mis cuñados fuimos a ver a (Albano) Harguindeguy, que era el jefe de la Policía Federal Argentina, que había sido oficial de mi padre. Él me dijo: “Señora, no podemos hacer nada, son los peronistas”. Y yo repetía: “Por supuesto, por supuesto, los peronistas”.
—Entonces, el 24 de marzo de 1976, el día del golpe, ¿qué sentiste
—Tenía la mente de la Taty de antes, de antes de ser parida por Alejandro. Entonces, lo que dije fue: “Al fin se van estos y vienen mis conocidos, voy a recuperar a Alejandro”. Yo recurrí a todos los militares amigos, pero no podía pensar que todos mis conocidos eran culpables. A mí me costó mucho acercarme a las Madres. Yo no estaba cuando Azucena Villaflor dijo esas palabras que tienen tanta actualidad: “Por separado no vamos a lograr nada. Hay que estar juntas. Vayamos a la Plaza de Mayo, pidamos hablar con (Jorge Rafael) Videla”. Las Madres pedíamos aparición con vida. Al principio, la mayoría creíamos que estaban presos, incomunicados en alguna cárcel. La palabra desaparecidos no la conocíamos. La cuestión es que a mí me costó acercarme a las Madres porque decía: “Con el currículum que tengo van a pensar que soy una espía”, hasta que me decidí.
—¿Cómo hacés ese click?
—Yo había ido dos veces a la Plaza, a la ronda, con mi yerno. Hasta que me decidí y fui a la casa de las Madres con Fabiana, mi hija. Me atendió María Adela Gard de Antokoletz.Me acuerdo de que me preguntó lo único que se le preguntaba a una Madre cuando se acercaba por primera vez: “¿Quién te falta?”. Hice mi catarsis. Lloré, hablé. En un momento le digo: “Ay, qué estúpida que he sido”. María Adela me dijo: “No, mi hijita, no digas eso. Cada Madre se acercó cuando fue su momento. Este es el tuyo”.
—¿Cómo fueron esos primeros años en Madres? ¿Qué nos podés contar?
—Se formaron cuando Azucena Villaflor dijo: “Tenemos que juntarnos, tenemos que ir a la Plaza de Mayo”. Hicieron la primera ronda, pero alrededor del monumento a Belgrano, que está justo frente a la Casa Rosada. Después fueron las rondas a la Pirámide. Los primeros años eran de averiguar, ir acá, allá. Y nos costó la vida de tres Madres por la infiltración de (Alfredo) Astiz.
—¿Cómo fue ese secuestro?
—Astiz era un marino, un espía, rubiecito, y fue a decirle a las Madres que tenía una hermana desaparecida, que la madre estaba tan mal que por eso no podía ir a la Plaza y que por eso iba él. Un espía. La que más lo cuidaba era Azucena. En la Iglesia de la Santa Cruz se estaba juntando el dinero para sacar una solicitada por los desaparecidos, con nombre y apellido. El 8 de diciembre, día de la Virgen, estaban los familiares. Azucena no estaba. Estaba Astiz con un billete y los iba señalando. Les iba preguntando: “¿Tenés cambio?”. Después se fue, dijo: “Voy a buscar cambio”. Y cuando se fue, se los llevaron. Dos Madres: Esther Careaga y Mary Ponce. El 10 de diciembre, el Día Internacional de los Derechos Humanos, Azucena fue a comprar el diario para ver si había salido la solicitada y ahí la agarraron. Las tiraron en los vuelos de la muerte, como a tantos de nuestros hijos. Y dicen que ella se preocupaba por si “el chico rubio” había pasado algo. No obstante, las Madres seguimos. Seguimos gritando aparición con vida. Hasta que empezaron a salir los que estaban secuestrados y nos enteramos de lo que pasaba. Empezamos a darnos cuenta de que nuestros hijos estaban muertos, aunque políticamente son detenidos-desaparecidos. A partir de allí, nuestra lucha es por la memoria, porque un pueblo que olvida corre peligro de que vuelva a ocurrir; por la verdad, porque queremos saber qué pasó. Además, está la crueldad de no saber dónde están enterrados. Siempre digo que no me quiero ir sin poder tocar, aunque sea, los huesos de Alejandro. Y nuestra lucha es también por la justicia. Pero con legalidad, nunca justicia por mano propia. Con el gobierno de (Raúl) Alfonsín se juzgó a los comandantes y fue un juicio único en el mundo, donde civiles condenaron a perpetua a los genocidas. Lamentablemente, apremiado por los militares, promovió las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Fue una pena enorme. Pasó el tiempo hasta que llegó Néstor Kirchner, que fue el primer presidente que nos escuchó. Se anularon las leyes de impunidad. Cuando llegó (Mauricio) Macri, lo primero que dijo fue que se iba a terminar el “curro de los derechos humanos”. Y pasó el tiempo y hemos llegado a (Javier) Milei. Un desastre.
—¿Cuándo lo conociste a Kirchner? ¿Cómo era tu relación con él?
—Era muy cariñoso, muy demostrativo. Lo conocí enseguida de que asumió. Cuando fue la elección yo estaba en España. Cuando volví, nos invitó a la Casa Rosada y le dije: “Néstor, yo no te voté porque no estaba”.
—¿Cuál fue el origen del pañuelo de las Madres?
—Yo al golpe le digo cívico, militar y clerical. Soy católica, pero que le caiga el sayo a quien le caiga. Lamentablemente, la cúpula de la Iglesia fue totalmente cómplice con la dictadura. No obstante, tenemos a (Enrique) Angelelli, a (Carlos) Ponce de León, a las monjas francesas, a los palotinos. Todos los años hay una marcha a Luján por el Día de la Virgen de Luján, patrona de la Argentina. Entonces fuimos las Madres, pero cómo íbamos a encontrarnos entre miles de personas. Alguien dijo: “Pongamos un pañuelo blanco en un palo”. Después: “Pongámonos un pañuelo”. Y una Madre —que nadie recuerda— dijo que nos pusiéramos un pañal. En esa época no había pañales descartables: eran de tela. Así como ese pañal sirvió para cuidarlos cuando eran bebés, después sirvió para pedir por la vida de ellos. De ahí surge el pañuelo blanco.
—¿Guardaste tu primer pañuelo?
—Yo soy una bestia para bordar, el primer pañuelo no lo bordé yo. Lo usé mucho tiempo y una vez, cuando fuimos con Graciela Fernández Meijide al sur, a una filial de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), nos hicieron un asado. Yo conté mi historia, la historia de las Madres, y se me acercó un hombre, morocho, que me abrazó. Me dijo que había estado preso, que lo habían torturado. Estaba muy conmovido. Yo me saqué el pañuelo y se lo di. Era un tipo grande, lloraba. Lo abracé.
—¿Cuándo te enterás de la militancia de Alejandro en el PRT, cómo hacés esa reconstrucción?
—Una vez, cuando fuimos tres Madres a Ciudad Universitaria, se acercaron tres muchachos. Estaban pálidos, me abrazaban y lloraban. Me dijeron que estaban vivos gracias a Alejandro, que militaban con él y que él sabía sus nombres y direcciones y no dijo nada. Ahí empecé a conectar y empecé a saber sobre Alejandro.
—Cuando desaparece Alejandro y encontrás sus poemas, ¿qué descubriste de él?
—Empecé a conocer otra faceta de Alejandro, realmente un canto a la amistad, al amor. Estaba muy enamorado de su novia en ese momento y tenía una repulsión a la injusticia. Hay una poesía que es una despedida. Él sabe que va a morir. Se la mandé a León Gieco, que le puso música.
—¿Cuándo te volviste a reír después de la desaparición de Alejandro
—Nunca perdí el humor. Muchos no permitimos que nos quitaran el humor, porque la risa, bien dicen, es salud. Es lo que hicimos en general las Madres: no perder la alegría.
—¿Qué fue lo más duro que atravesaste?
—Mi hermano era coronel. Éramos carne y uña. Lamentablemente, el día que desaparece Alejandro, él estaba destinado en Goya, creo. Lo llamé. Eran como las cuatro de la mañana y vino, pero no vino enseguida. No sé cuándo vino. Cuando volvió la democracia, hablé con él: le dije que no podía seguir como si nada pasara. “Cuando yo te necesité, vos no estuviste”. Nos peleamos. Fue muy doloroso. Después se enfermó de leucemia, estaba internado, se moría y preguntó por mí. La noche que murió estaba con él, pero fue muy duro.
—¿Cómo le explicarías a alguien qué es una desaparición forzada?
—Este gobierno dice que acá no hubo genocidio, que fue una guerra. Entonces, ¿dónde están los prisioneros? ¿Qué guerra? Hubo un genocidio. Cuando desaparecen a una persona y no hay un Estado que pueda decir dónde está, cuando lo niegan todo, es una desaparición forzada. Yo voy a colegios: hay muchos chicos que no tienen ni idea, pero otros que sí. Entonces escuchan y lo van transmitiendo. Eso es resistir. No me voy a cansar de repetirlo: no nos han vencido.
—¿Cómo se les cuenta a los chicos y a las chicas qué fue lo que pasó?
—De forma muy natural, muy tranquila, para que no se asusten y para que lo entiendan bien. Una vez fui a un colegio con chicos con algunas dificultades. Yo les conté adaptando todo para que entendieran. Cuando terminé, un pibe de unos doce años vino, me abrazó y me dijo: “Taty, Alejandro no está, pero estoy yo”. Hay que contar, contar.
—¿Cómo te imaginás el después de Javier Milei, después de este gobierno negacionista que ataca a los organismos?
—Y ahí está el asunto. Lo que decía Azucena: “Hay que estar unidos”. Y si entre los nuestros todavía no se han puesto de acuerdo, querida… así estamos, pero sin bajar los brazos.
—¿Cómo se combate el negacionismo?
—Hay pruebas, muchos documentales. Ahí está la prueba. Hay que llevarlos a los colegios, a todos lados. Se combate yendo a las escuelas, a los centros vecinales, contando. Una cosa es que lo lean; otra cosa es que vean a una Madre con mucha juventud acumulada que realmente cuente lo que ha pasado. Hay pruebas. Por ejemplo, está el avión —que ahora está en la exESMA—. Lo encontraron Giancarlo Ceraudo, el fotógrafo italiano, y Miriam Lewin. Cuando conocí a Giancarlo, él me dijo: “Taty, si hubo vuelos de la muerte, ¿dónde están los pilotos y los aviones?”. Investigaron y encontraron un avión. Se comprobó que era el avión en el que habían llevado a las Madres que estaban secuestradas en la ESMA para ser tiradas vivas al agua. Con esa información, fuimos a verlo a Sergio Massa, que era ministro de Economía, para que trajera el avión.
—¿Cómo es la incorporación de las generaciones más jóvenes al movimiento de derechos humanos: cuando aparecen los hijos, ahora los nietos? ¿Cómo lo vivís?
—Cuando aparecieron los HIJOS se necesitaba esa insolente juventud. Los chicos fueron los primeros que empezaron a decir: “Mi madre era montonera, mi padre del ERP”. Nosotras no lo decíamos para cuidarlos, pero ellos se largaron con todo y ahí empezamos nosotras también a decirlo. Y empezaron con el famoso “si no hay justicia, hay escrache” y ahí los acompañábamos. Iban una semana antes con un megáfono al barrio: “Vecino, vecino, acá vive un asesino”. Fue muy importante. Las Madres estamos tranquilas porque están ellos.
—Conociste a Diego Maradona, a un montón de artistas, cantantes: Joan Manuel Serrat, Ismael Serrano, Silvio Rodríguez.
—A Maradona le llevé el libro de poesía. Le dije: “Te tengo que agradecer tanto porque vos nunca te olvidaste de tus orígenes”. Un divino, realmente. La última vez que estuvo Silvio Rodríguez fue genial. Yo no puedo estar mucho tiempo sentada, entonces no iba a quedarme todo el recital. Fuimos al camarín y le dije que el unicornio para mí es Alejandro. Yo lo he perdido y, si alguien tiene noticias, por favor que me las dé. Él se emocionó. No tenía la canción en su repertorio y la agregó, me la dedicó. Divino. Ismael Serrano estuvo en el aniversario del secuestro de las Madres. Es un militante. Este chico es impresionante.
—¿Cómo vivís cuando se encuentran los nietos?
—Como si fuera mío. Qué maravilla es la tarea de las Abuelas. Es esperanzadora, porque buscan desaparecidos con vida y lo están logrando.
—¿Querés dejarnos un mensaje para estos cincuenta años del golpe
—Hay que seguir luchando. No hay que bajar los brazos. Hay que seguir contando lo que ocurrió.
—¿Cómo te gustaría que te recuerden?
—El día que decida que hasta acá llegué, quiero que me velen en FOETRA, porque ahí me festejaron tantos cumpleaños. Cajón cerrado, con una linda foto. He recibido muchos reconocimientos, doctorados honoris causa, pero siempre digo que en mí están todas las Madres. Y siento a Alejandro muerto de risa, diciendo “miren en qué se convirtió la gorilita”. Sé que está orgulloso de mí. Me gustaría que me recuerden así: con mi carácter, con mis discusiones, pero sobre todo con alegría, tratando de transmitirla a quien esté caído.
—¿Qué significan las Madres para la historia de este país?
—Somos ese grupo de mujeres que puso el cuerpo. Creo que hicimos lo que cualquier madre haría. Sabemos lo que es llevar nueve meses a un hijo para que te lo arrebaten así.



