A cincuenta años del martirio de Monseñor Enrique Angelelli, como comunidad de fe hacemos memoria de un pastor que caminó junto a su pueblo, escuchó sus dolores y abrazó sus esperanzas. Desde nuestra mirada comunitaria y pentecostal, reconocemos en su vida el testimonio de un Evangelio encarnado, que consuela, libera, levanta a los humildes y llama a vivir la justicia como fruto del amor de la Divinidad de muchos nombres.
Monseñor Angelelli entendió que la fe no se vive encerrada, sino en comunidad, en el barrio, en el trabajo, en la mesa compartida y en la vida cotidiana del pueblo. Su ministerio nos recuerda que la Iglesia está llamada a ser presencia cercana, fraterna y comprometida, con un oído atento al clamor del pueblo y otro al Evangelio, discerniendo la voz de Dios(x) en medio de la historia.
Su asesinato, ocurrido el 4 de agosto de 1976 en La Rioja, quiso sembrar miedo y silencio. Pero la Divina Ruaj no puede ser detenida por la violencia. La verdad se abrió paso y su testimonio permanece como semilla de memoria, justicia y esperanza para todas las comunidades que siguen anunciando que Jesús vino para dar dignidad y libertad a lxs oprimidxs.
Monseñor Angelelli vive en la memoria creyente de nuestro pueblo. Vive cuando una comunidad ora y se organiza, cuando una mesa se comparte, cuando alzamos nuestra voz frente a la injusticia y cuando la santa rebeldía enciende en nosotrxs la fuerza para seguir anunciando vida digna y en plenitud para todxs.



