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Por Germán Ferrari – Página/12

Durante casi una década, el sociólogo de Ezequiel Saferstein se sumergió en actos y encuentros de la ultraderecha para conocer qué pensaban los jóvenes que conformaron La Libertad Avanza y que han sido sostén del gobierno de Javier Milei, desde la militancia de la “batalla cultural” contra la “ideología de género” y cualquier pensamiento que se ubique del centro hacia la izquierda.

Saferstein, coordinador del Programa de Estudios sobre el Libro Político Contemporáneo de la Universidad Nacional de San Martín, entrevistó y recorrió las redes sociales de Nicolás Márquez y de su discípulo, Agustín Laje, dos de los referentes intelectuales libertarios, para comprender las convicciones y los anhelos de ese sector de la juventud que abrazó los ideales ultraliberales.

El libro negro de la nueva derecha (Siglo XXI) recoge parte de ese trabajo, para entender “cómo se construyó y cómo se gestiona la batalla cultural”. Allí el investigador del Conicet sigue los recorridos de estos personajes, de la marginalidad política prodictadura a biógrafo del Presidente o director de la Fundación Faro. Reconstruye historias de vida de jóvenes libertarios y ahonda en los discursos de un andamiaje ideológico que erosiona la convivencia democracia.

El libro desarma la generalización de que la juventud que votó a Milei carecía de formación lectora. Esa valoración de los saberes contrasta con el escaso apego a la capacitación intelectual de no pocos funcionarios, que se enorgullecen de no poseerla. Pero también con análisis sobre juventudes y extrema derecha que ponen el foco sólo en las redes sociales. “Los libros son importantes más allá de que efectivamente se lean o no. A veces, porque también se usan como un artefacto cultural significativo. En el universo libertario hay editoriales, editores, producción y ponderación del libro como también la hay en la cultura de izquierdas”, advierte Saferstein.

En su investigación planteás el poder de la industria editorial en la difusión de las ideas libertarias, con sellos como Unión y Hojas del Sur. Y cita un antecedente que abrió las puertas a la amplificación del revisionismo de los setenta, los discursos de “memoria completa” y los libros “anti-k”; el rol editorial que cumplió Pablo Avelluto entre 2005 y 2012, que le permitió convertirse en ministro de Cultura de Mauricio Macri y que sirvió de base para la “batalla cultural” libertaria.

-¿Qué encontró en su investigación sobre las lecturas de estos jóvenes?

-Mi investigación apunta a un núcleo pequeño de la juventud libertaria, un núcleo duro más reducido y con mucha intensidad en relación con el mundo del libro, de determinadas editoriales y espacios de circulación, no necesariamente transversales a todos. En las entrevistas no me encontré con jóvenes que se la pasen leyendo literatura, ensayos o crítica. Leen a estos referentes, a quienes siguen, como Márquez y Laje, principalmente, y también a Milei y a otros autores. Esos jóvenes seguidores y también sus referentes viven en las redes sociales. Encontré que se conformó un espacio en donde las redes sociales no excluyen al mundo del libro, sino que lo complementan. Y el mundo del libro aparece como un camino o un punto que les da mayor prestigio o valoración frente a las redes sociales. Laje, por ejemplo, prefiere ser mencionado como autor o intelectual antes que como influencer o youtuber.

-¿Y en las publicaciones previas al mileísmo en Argentina?

–Márquez y Laje no nacieron de un repollo, hay un contexto de publicaciones que para el momento en que estos autores se hicieron mainstream ya estaba cultivado y asentado. Ahí podríamos diferenciar el caso de Laje del de Márquez. Laje es un joven que publica su primer libro en 2011 (Los mitos setentistas. Mentiras fundamentales sobre la década del setenta), cuando (Ceferino) Reato y (Juan Bautista) Yofre ya eran súper best sellers y Sudamericana, de la mano de Avelluto y de su plantel de editores, había identificado e impulsado un nicho editorial exitoso, que luego casi todas las editoriales replicaron: los libros sobre los setenta.

Márquez es pionero, porque navegaba en aguas más adversas en ese sentido. Su primer libro es de 2004 (La otra parte de la verdad. La respuesta a los que han ocultado y deformado la verdad histórica sobre la década del setenta y el terrorismo). Todas las cartas de lectores, las autopublicaciones, las intervenciones en sitios web como Prensa Popular, eran navegar a contracorriente en ese momento: recién asumía Néstor Kirchner, comenzaba la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad y parecía haber un consenso social acerca de las políticas de derechos humanos. Y ahí Márquez es un civil que escribe, no un exmilitar, que fue armando su carrera en vinculación con el espacio de la “memoria completa”. Creo que el discípulo superó al maestro en cierto punto, porque Laje es mucho más conocido, pero su trabajo sobre los mitos setentistas no aporta una novedad, sino que se monta sobre un tema que ya estaba muy transitado.

Las grandes editoriales no hubieran publicado ni Márquez ni a Laje en aquel momento. Hoy sí, sobre todo a Laje, que fue el primero en publicar con HarperCollins, una editorial multinacional. Se ampliaron los límites de lo publicable y existe una cierta normalización de ese discurso, hoy cuenta con un público receptivo, hay un mercado y condiciones políticas que lo habilitaron.

–¿Cómo analiza ese paso de la marginalidad al mainstream en tan pocos años?

–Retomo a Sergio Morresi y Martín Vicente, que analizan este avance y ascenso de las derechas y muestran un proceso de radicalización que orada por derecha al PRO. Mi trabajo de campo comienza en 2018, con los primeros eventos donde se criticaba a Macri por ser una derecha cobarde. En ese momento quien circulaba como candidato todavía no era Milei, sino el salteño Alfredo Olmedo, que había lanzado una precandidatura presidencial justamente con el Tata Yofre, algo que no se terminó de consolidar. Pero sí había una crítica por derecha a un gobierno al que se consideraba centrista, incluso de izquierda. Y el clima de Trump y Bolsonaro les permitía pensar en un horizonte de futuro a estos jóvenes con los que yo empezaba a interactuar. Todos habían votado a Macri, pero decían que no alcanzaba, que se necesitaba ir mucho más allá.

–Y reclamaban el cumplimiento de las promesas de “memoria completa”.

–De hecho, el tópico con el que empezó este movimiento es el de los setenta, con el reclamo de las agrupaciones de la “memoria completa”. Tanto Márquez como Laje comenzaron sus carreras con esos temas y cobijados por dirigentes de la “memoria completa”, como Cecilia Pando, Silvia Ibarzábal y los abogados de la agrupación Justicia y Concordia.

–Incorpora el concepto de “fusionismo”, la unidad del campo de las derechas (liberales, conservadores, libertarios, nacionalistas). ¿Ese bloque heterogéneo comenzó a resquebrajarse?

­–Las tensiones existen, claramente. Hay que pensar el fenómeno no solo en términos estratégicos de armar una alianza presidencial –Milei, liberal, libertario; Victoria Villarruel, que viene del nacionalismo y el mundo militar–, sino también un fusionismo en el que los reclamos de ambas tradiciones de las derechas –la nacionalista reaccionaria y la liberal conservadora– terminan fusionándose.

Si bien el nacionalismo es minoritario y el liberalismo subordina a los nacionalistas –la alianza presidencial se tensa al poco tiempo de asumir–, el fusionismo implica que Milei pueda hacer suya su oposición al aborto, hablar de “elementos subversivos” y de los setenta como una “guerra” y ahora de Malvinas. Hay cierta lógica de que los reclamos del nacionalismo reaccionario se terminan subordinando a la dirigencia más liberal.

Es interesante ver los inicios de Márquez y Laje, que en sus primeros sitios web ya proponían en la zona de lecturas recomendadas tanto a Friedrich Hayek como a Plinio Corrêa de Oliveira, por ejemplo, autores de tradiciones muy distintas que también pregonaban un acercamiento. Ellos tenían una estrategia fusionista desde hacía mucho tiempo.

En marzo de 2019, el evento que junta por primera vez a Milei con Márquez y Laje, en el auditorio de la Universidad de Belgrano, fue muy importante, porque Milei ya era un fenómeno masivo y la mayoría de los jóvenes había ido a verlo. Allí esos jóvenes escucharon a Márquez diciendo una frase fusionista: “Necesitamos liberales que crean en la vida desde la concepción, conservadores que crean que la tradición tenga que estar al servicio del progreso y nacionalistas que no confundan el amor a la patria con el amor al Estado”.

–Existe una naturalización de un lenguaje bélico (“batalla cultural”) y místico-religioso (“las fuerzas del cielo”). ¿Cómo erosionan esos discursos la convivencia democrática?

–En sus libros, sobre todo los de Laje, que citan autores y se posicionan como libros eruditos –Márquez también lo hace, de un modo más salvaje si se quiere–, hay una concepción contraria a la democracia liberal formal. Y Milei desde su lugar de poder también la lleva adelante tensionando ciertos límites. Muchas de las tradiciones que recuperan no son afectas al clima democrático y, de hecho, hay un elogio a la desigualdad, la jerarquización y la exclusión de ciertos sectores como un sistema político deseable, algo que también hace Milei.

–Y la reivindicación a los golpes de Estado en Argentina y en otros países, como en Chile…

–Totalmente. Ellos van a responder que son democráticos en el sentido de que su concepción de democracia es distinta. Pueden tolerar la democracia liberal formal en el juego electoral, que es la que admite distintas voces y voluntades e ideas en una convivencia, pero van a tender a tensionar esos límites de la democracia hacia fuera, para radicalizarla.

–Son discursos en los que no existe el “adversario”, sino el “enemigo” a desterrar: “comunista”, “socialista”, “kirchnerista”, “wokista” …

–Laje lo deja muy claro en sus libros y en sus intervenciones públicas, que son más rápidas o menos elaboradas. En uno de sus tuits, al hablar de los “zurdos”, decía que “no son adversarios, son enemigos”, ni merecen llamarse “conciudadanos”. Hay un llamado a la exclusión, que no va a implicar el exterminio de las personas, pero sí de las ideas.

–Y en este caso también está el peligro de la naturalización de ese discurso a nivel social.

–Es muy problemático y preocupante, y da cuenta de un clima de época. En la entrevista para el libro, Laje dice que “estamos en una época muy radicalizada, de extremos”, y que, aun así, para él, esa concepción es el momento más democrático de la historia, porque las redes sociales permiten una total capacidad de intervención pública o de libertad de expresión que en el modelo con el que no está de acuerdo, donde habría límites a la libertad de expresión. Laje se posiciona como más dialoguista. En su pasaje al mainstream, fue también difuminando un poco ese lenguaje bélico de su primer libro, para que La batalla cultural, que es de 2022, lo pueda leer cualquiera.

–Estos referentes del mileísmo destacan el carácter pionero de la Argentina en la “batalla cultural”. ¿Es así?

–Milei cambió bastante el escenario en ese sentido, sobre todo en primer año donde viajaba a recibir premios de dudoso prestigio, a presentaciones, a los festivales de derecha en España, Brasil y Estados Unidos, y a reunirse con los dirigentes de derecha de todo el mundo. En ese momento, Milei era una persona que acababa de ganar con un porcentaje muy elevado y con un programa tan radical, de manera inusitada. Era una celebridad. Y Laje se convirtió en un referente en toda América Latina; de hecho, ya lo era. En las entrevistas que les realizamos con Analía Goldentul a Márquez y a Laje, les preguntamos acerca de otros referentes similares en América Latina y ellos se piensan y se reivindican como los más importantes de la “batalla cultural”. Ambos conceden que Milei ha sido para ellos un trampolín, porque les dio más visibilidad. Al comienzo, se interpretó este fenómeno como una importación del trumpismo o del bolsonarismo, pero no hay una simple importación de las ideas de derecha. Las giras de Milei, la circulación de los libros de Laje por América Latina, fueron referencias de ese movimiento. Para ellos, Argentina también tiene algo para decir con respecto a las derechas. Y así lo expresó Laje en un Derecha Fest: “Argentina se tiene que convertir en el faro de la región”.

–La imagen que ofrece Milei con el mameluco de YPF, empresa símbolo de la participación del Estado en la economía, muestra una de las contradicciones del discurso libertario. ¿Cómo resuelve la ultraderecha ese dilema de críticas permanentes al rol estatal con la aspiración de ocupar cargos la administración pública?

–Seguí a estos jóvenes durante ocho años y muchos empezaron como jóvenes lectores, me mostraron sus bibliotecas, me contaron cómo compraron sus libros. Se fueron formando, según ellos, para la “batalla cultural” de esa manera y, de repente, gana Milei y tiene que llenar el Estado de personas y muchos de ellos pueden volcarse a ser funcionarios o militantes del partido de gobierno. Puede parecer contradictorio: de jóvenes idealistas en contra del Estado a tener que ocupar un lugar. Muchos lo resuelven bajo una forma de realpolitik, o sea, de asumir que la situación política cambió, que ya no están de un lado de la trinchera, sino en el poder. Y hay un desafío de cómo gestionar ese poder aun manteniendo el discurso radicalizado de la “batalla cultural”. Por ejemplo, un militante y dirigente de La Libertad Avanza decía: “Yo les digo a mis militantes que son muy idealistas. Lo que hay que hacer ahora es gestionar: ya estamos en este lugar y hay que hacer política”. Y ahí reivindican la rosca política y la negociación.

–¿Las mujeres siguen siendo un porcentaje menor de los adherentes al discurso libertario? ¿Y qué pasa con las fguras femeninas del espacio, Karina Milei, Patricia Bullrich?

–En los primeros eventos a los que fui, esa diferencia entre varones y mujeres era a simple vista un 70% en favor de los varones. En 2018, durante la primera discusión sobre el aborto, había mujeres que venían más de la fe religiosa que sí estaban, pero eran espacios principalmente plagados por varones. Con el proceso de masificación y la transversalidad de Milei, esa diferencia se fue equilibrando y, a la vez, se destacó el rol de figuras femeninas. De hecho, las mujeres que entrevisté también las mencionan. Y me detengo en dos referentes, Guadalupe Batallán y Mamela Fiallo, que luego se fueron alejando del mundo de Milei. Cito la investigación de Melina Vázquez y Carolina Spataro, que sigue a las dirigentes feministas libertarias o las feministas de la nueva derecha, que son un grupo minoritario, pero que tiene relevancia. Sin embargo, queda muy marcado que el universo de la “batalla cultural” no es un espacio de estas feministas libertarias, sino es más un espacio de varones y mujeres que se reivindican como antifeministas.

En el último Derecha Fest, Bullrich fue una de las personas más aplaudidas. Siempre fue la dirigente del PRO que, ante la deriva de Macri, era igualmente reivindicada como ministra de Seguridad y luego al integrarse al Gobierno también. En cuanto a la figura de Karina MIlei, en algunos de los entrevistados que forman parte de La Libertad Avanza como partido, sí es referente. Le dicen “el jefe”. Hay una reivindicación de su figura como la líder del partido. No es transversal para todos, pero sí para los militantes. No es un cuadro que mueva multitudes, pero sí a los militantes.