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La lectura de Hechos 2 nos relata una escena: Cuerpxs amontonadxs en una habitación, con miedo, esperando, y de pronto un viento que entra sin tocar la puerta, pero no llega a coronar a nadie. El espíritu llega a desordenar, ya que el primer escándalo de Pentecostés es: el Espíritu desciende, y no impone una lengua única, hace todo lo contrario: provoca que cada unx escuche en su propio idioma. Nos demuestra que la unidad entonces no nace de borrar lo distinto, nace de atravesarlo, nos afirma que cualquier proyecto que pretenda unirnos exigiendo que renunciemos a quienes somos, a nuestra lengua, nuestrx cuerpx, nuestro pueblo no es Espíritu, es imperio disfrazado de comunión.

El segundo escándalo es material: Y es el que la tradición ha repetido siempre con la voz baja y la mirada incómoda: “tenían todas las cosas en común… repartían a cada uno según su necesidad” (Hch 2,44-45; 4,32-35). La comunidad respondió a la irrupción del Espíritu aboliendo la propiedad privada, no como caridad ocasional desde la abundancia, sino como consecuencia lógica de haber sido tocadxs: si el aliento de Dios (x) circula libre, los bienes también deben circular. La Iglesia primitiva entendió que recibir el Espíritu sin compartir el pan era una contradicción. 

El tercer escándalo es el cuerpo del propio: El Espíritu no se posa sobre las autoridades del templo ni sobre los puros según la ley. Se posa sobre cuerpxs galilexs, pobres, periféricxs, y lxs hace profetas sin esperar a que sean dignxs según ninguna norma “Profecía sin permiso”.

Es Pentecostés y el viento sigue soplando: La pregunta no es si lo merecemos, nunca se trató de eso, sino si nos dejamos atravesar, si estamos dispuestxs a escuchar en lenguas que no son la nuestra, a abrir la mano sobre lo que creíamos propio, a reconocer a Dios(x) en lxs cuerpxs que nos enseñaron a no nombrar. Porque la divina Ruah no es propiedad privada, es soplo, viento que trasforma y no hay templo que la retenga.