Una reflexión sobre el orgullo, la disidencia y el derecho a creer sin pedir permiso.
Por la Comunidad Pentecostal Dimensión de Fe — IADLA
Hay una pregunta que muchas personas nos la traen cada vez que se acerca el Día Internacional del Orgullo: ¿se puede ser cuir, transfeminista y creyente al mismo tiempo? La pregunta no es ingenua. Durante siglos se nos enseñó que esas palabras se excluían, que la fe era propiedad de quienes nos señalaban con el dedo y que lx cuerpx disidente debía elegir entre el deseo y la divinidad. Nosotrxs respondemos, desde los territorios que habitamos, que no hay nada que elegir. Somos las tres cosas a la vez, y eso lo decimos con terquedad evangélica que es bueno.
La fe es nuestra casa. No la heredamos de quienes nos expulsaron de ella: la habitamos con todx nuestrx cuerpx, sin pedir permiso. Porque la divinidad de muchos nombres no se asustó nunca de la diversidad. La creó, la amó y la llamó buena. Esa es, para nosotrxs, la primera afirmación teológica y también la más subversiva: la imagen divina no cabe en unx solx cuerpx, ni en un solo deseo, ni en una sola manera de amar.
Lo que el Evangelio no deja de nombrar
Si algo repite el Evangelio, una y otra vez, es la ternura incondicional por quienes fueron empujadxs a los márgenes. No es un detalle, es el centro. Y ahí, justo en ese margen, estamos nosotrxs: amando, creyendo y celebrando. Cuando leemos esos textos no encontramos un Dios(x) de la vergüenza, sino uno que se sienta a la mesa con lxs que otrxs no quieren en sus templos. La teología que profesamos no es una concesión ni una moda: es una relectura tan antigua como el propio mensaje, devuelta a quienes siempre tuvieron derecho a ella.

La memoria como acto político
Celebramos este Orgullo desde un contexto difícil para nuestro pueblo argentino, y por eso volvemos a la memoria. Recordamos el matrimonio igualitario de 2010. Recordamos la Ley de Identidad de Género de 2012, la primera del mundo en reconocer la autopercepción. Recordamos el aborto legal, esa marea que desbordó las calles. Ninguna de esas conquistas cayó del cielo: se peleó, se rezó, se gritó en las plazas y en los templos, y se lloró recordando a cada compañerx que nos fue arrebatadx.
Traer estas memorias colectivas no es nostalgia. Es la forma que tenemos de entender el presente. Hoy convivimos con un Estado que desmanteló las políticas de género, que recortó todos los programas que sostenían la vida de muchxs de nosotrxs, que modificó por decreto la histórica Ley de Identidad de Género y prohibió el acceso a los cuidados de afirmación de género a menores de 18 años. Vivimos cotidianamente un clima donde los feminismos y el colectivo LGBTQ+ son nombrados como enemigos públicos, donde el odio encuentra micrófono y plataforma. No lo decimos para desanimarnos. Lo escribimos porque la fe que profesamos no mira hacia otro lado.
Creer no es resignarse
Para nosotrxs, creer nunca fue resignación. Nuestra fe es marea verde. Es oración en las marchas, junto a nuestro pueblo. Es ronda de Madres. Es comunidad que abraza. El orgullo que celebramos es la fiesta de la vida y, al mismo tiempo, un acto político y teológico: existimos y resistimos tal como somos.
Por eso nuestro orgullo es, sobre todo, compromiso. El compromiso de sostener las redes de cuidado allí donde el Estado se retira. De abrir iglesias, capillas y mesas a quienes fueron expulsadxs de ellas. De seguir creyendo —con una terquedad disidente y afirmativa— que el amor es más fuerte que el odio, y que ninguna conquista de derechos es definitiva si no la defendemos.
Que viva el orgullo. Que viva la vida. Que nos encuentre de pie, en oración y en lucha.



