Crédito: Gustavo Veiga / TektóniKos
Estados Unidos consolida a paso acelerado la malversación de una pasión popular. El Mundial de Fútbol, su segundo Mundial en la historia —el primero fue aquel del polémico doping de Diego Maradona en 1994— se ha transformado en un discutido producto de marketing. Ya no es solo comercial. También es político. Todo indica que quedará en el recuerdo como uno de los peores torneos que haya realizado la FIFA, la federación que preside el suizo Gianni Infantino, y que se asoció con el gobierno de Donald Trump en una aventura con pretensiones geopolíticas.
Las razones para afirmarlo son muchas. Al punto de que se propuso boicotear la Copa desde naciones cuyos seleccionados finalmente la jugarán. Varios dirigentes del fútbol, entrenadores y un sector del periodismo, más un expresidente de la propia FIFA, Joseph Blatter, rechazaron la organización del certamen en EE.UU.
Bajo la apariencia de un Mundial inclusivo, que disputarán 48 países y tendrá tres sedes —son coanfitriones México y Canadá—, la realidad es que el 80 por ciento de los partidos se jugarán en territorio estadounidense. Una abrumadora mayoría que está lejos de una distribución equitativa en tres porcentajes simétricos.
Esa diferencia se debe a la sociedad que idearon Trump e Infantino durante el primer mandato del magnate presidente. Su popularidad en declive, las guerras que desató, la economía de EE.UU. con números en rojo, el escándalo Epstein en el que está comprometido bajo acusaciones de pedofilia y su política migratoria violenta practicada por el ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), han sido golpes sucesivos que acusó en el año y medio que lleva de gobierno. Las protestas “No Kings” con millones de personas en las calles lo repudiaron.
Trump necesitaba un distractivo, un golpe de efecto que le diera más aire, una Copa Mundial de fútbol aunque en su país el deporte más popular del planeta solo es una pasión entre el 20 por ciento de su población hispana, donde los mexicanos predominan. La mayoría blanca de origen anglosajón sigue más a otros deportes: el fútbol americano, el básquetbol y el béisbol. Pero un presidente ególatra, que monetiza y ve en el fútbol un activo a comercializar, se apoyó en un personaje pusilánime como Infantino que le otorgó hasta una caricatura del premio Nóbel de la Paz que el presidente de EE.UU no pudo ganar.
Se llama muy parecido: “FIFA de la Paz: el fútbol une al mundo”. Cuando Infantino se lo entregó en diciembre de 2025, tuvo el tupé de justificar el premio como si se lo hubiera entregado a Nelson Mandela o Martin Luther King. “Esto es lo que queremos de un líder, que se preocupe por la gente. Queremos vivir en un mundo y un entorno seguros. Queremos unir. Y eso es precisamente lo que hacemos hoy aquí y lo que continuaremos haciendo en la Copa Mundial de la FIFA”, explicó el máximo dirigente del fútbol. La alianza ya estaba acordada hacía mucho tiempo. Solo faltaba ese innecesario gesto de obsecuencia para sellarla sin decoro. Se calcula que los ingresos que dejará el torneo ascenderán a 13 mil millones de dólares. La deuda pública de EE.UU. llega a unos 39 billones de dólares. El Mundial es apenas un paliativo.
La economía del fútbol luce más florenciente que la de Estados Unidos, pero a Trump le importa más el capital simbólico que irradia organizar un Mundial. Ese poder blando que los países suelen utilizar para proyectar su identidad nacional, robustecer su influencia global, atraer turistas e inversiones y no dejar el negocio en manos ajenas.
EE.UU se acordó demasiado tarde y emprendió una cruzada contra la corrupción en el fútbol allá por 2015. Eran tiempos del FIFA Gate y el Departamento de Justicia del presidente Obama libró órdenes de detención contra 39 dirigentes y empresarios que habían recibido o pagado sobornos, respectivamente, para que cedieran los derechos de imagen del fútbol a determinadas compañías o productoras de TV. El argentino Julio Grondona, presidente de la AFA durante 35 años fue uno de los imputados, pero se murió antes de recibir una probable condena.
Estados Unidos tomó la iniciativa de apoderarse del producto fútbol bajo aquel marco de coerción judicial, que es de las principales actividades económicas lícitas del mundo y tiene un poder de penetración fenomenal. No en vano organizó después y sucesivamente la Copa América de 2024, el Mundial de Clubes en 2025 y ahora la vigésima tercera Copa de la FIFA.
La cita en Qatar durante 2022 donde Argentina salió campeón, también despertaba recelos y antipatías. Está vinculada con el Mundial actual por un concepto que puede resultar ajeno a quienes no observan al fútbol con una mirada geopolítica. Se llama sportwashing, que en español puede entenderse como blanqueamiento deportivo o lavado de imagen. Al emirato qatarí se lo acusó de no proteger a los trabajadores que murieron mientras construían los estadios, por maltratar a las mujeres como en casi todas las monarquías del Golfo Pérsico, por las persecuciones a la comunidad LGBT+ y por las penas de prisión a homosexuales por el solo hecho de serlo. Todo esto era cierto. Pero ahora en EE.UU. es mucho peor.
Se trata de un Mundial organizado por una potencia que viola los derechos humanos, le vende armas a un gobierno genocida como el de Israel que lidera el criminal de guerra Benjamín Netanyahu, tiene una democracia limitada y amenaza invadir Cuba, su vecino, en el mismo momento en que empieza a rodar la pelota. La isla bloqueada hace 64 años por EE.UU. se encuentra a una hora y diez minutos de vuelo de Miami, donde este 15 de junio jugarán Uruguay y Arabia Saudita, otro país que practica el sportwhasing. Su monarquía ha llegado a condenar a muerte a menores de edad y descuartizar a un periodista opositor en su consulado en Turquía. Fue el caso de Jamal Khashoggi, asesinado y desmembrado el 2 de octubre de 2018.
El reino saudí intenta lavar su cara con la organización del Gran Premio de Fórmula 1, pagó para que Italia y España le permitieran ser la sede de torneos de fútbol como la Súper Copa y los pilotos del Rally Dákar recorren su desierto a toda velocidad. También contrató a Lionel Messi para campañas publicitarias que promocionan el turismo en el país. El blanqueo de su imagen autoritaria lo pone en práctica de esa manera. Con el acompañamiento casi incondicional de EE.UU, su socio principal en Medio Oriente.
No es muy diferente lo que ocurre en el Estados Unidos de Trump con el actual Mundial. Cuando el magnate amenazó con apoderarse de Groenlandia por la fuerza, un territorio con cierta autonomía pero que le pertenece a Dinamarca, la Unión Europea respondió con una amenaza de boicot a la Copa de la FIFA que al final no se llevó a cabo.
Un documento diplomático secreto permitió descubrir una trama donde estaban implicados los gobiernos de Francia y Alemania para sabotear el torneo. Es una nota diplomática del 2 de febrero de 2026, enviada desde la embajada francesa en Dinamarca y clasificada como “Para uso restringido”. Revelaba que el gobierno de Emmanuel Macron había dispuesto una estrategia para intentar boicotear el Mundial mediante un frente común con otros países de Europa. Pero no por las políticas guerreristas de EE.UU. en todo el mundo, el apoyo al genocidio palestino, ni la invasión y secuestro del presidente Nicolás Maduro en Venezuela, sino por el caso Groenlandia y la interna entre Estados Unidos y la UE dentro de la OTAN.
Algo más lejos llegó el periodista de Países Bajos, Teun van de Keuken, que llamó a la selección de fútbol de su país a no viajar a Estados Unidos. Pero aunque recopiló más de 150.000 firmas, no logró su propósito.
Trump seguirá amenazando a los países que considera enemigos con bombardearlos, invadirlos o colocarlos en la lista de naciones patrocinadoras del terrorismo como hizo con Cuba. El Mundial empezará y terminará como estableció la FIFA, no exento de riesgos.
Un certamen de 39 días que tendrá en pleno desarrollo los festejos por la independencia de Estados Unidos el 4 de julio. Ese día se descuenta la presencia de un invitado. El presidente Milei se sumará al 250° aniversario de EE.UU. En su papel de administrador colonial participará en el Independance Day y le rendirá pleitesía a Trump. Era de esperar en estos tiempos que nos toca vivir, de fútbol y geopolítica descarnada.



