Jesús Antonio Reyes, doctor en Sociología, investigador en temas de conflicto armado, guerra y memoria en latinoamérica.
Uno de los mayores problemas que se han presentado hasta el momento es el de la difusión constante de mentiras por medio de los líderes de opinión y los medios de comunicación, y el problema no consiste, como suele creerse, en que la gente termine creyendo lo falso; consiste en algo bastante más eficiente, y es que en ese ambiente de mentiras, cuando aparece la verdad, el espectador ya no sabe diferenciarla, de modo que la desconfianza no recae sobre el embuste sino sobre la información entera y sobre la opinión pública como tal. Es, precisamente, la salud de los enfermos de Cortázar. La familia que fabrica cartas de un hijo muerto para no matar a la madre, y que acaba descubriendo que la ficción se volvió el oficio de todos, que ya nadie sabe quién sostiene a quién, y que la enferma -esto es lo genial del cuento y lo insoportable del país- llevaba rato sabiéndolo todo y callando por cortesía. Colombia lleva cuarenta años escribiendo esas cartas. La diferencia es que ahora el hijo muerto ganó las elecciones.
Intervenciones e imperialismo
Es cierto que Trump y su acólito Marco Rubio se han dedicado a ganar, junto a sus amigos genocidas de Israel, los gobiernos de Latinoamérica -El Salvador, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Bolivia, Venezuela-, y que cada uno de estos países ha pasado nuevamente a hacer parte del Plan Cóndor 2.0 con su ancla de resguardo, el escudo de las Américas, aunque conviene señalar que la versión 2.0 abandonó el pudor de la versión original; donde antes había asesores encubiertos y manuales de contrainsurgencia, ahora hay una factura que cobra los intereses económicos en intervención directa e inversión extranjera, abonada claro, y en parte, a Peter Thiel.
El 3 de enero de 2026 Trump anunció un ataque a gran escala contra Venezuela y la captura de Maduro y Cilia Flores, su esposa, y por si algún alma cándida esperaba el eufemismo de rigor sobre la autodeterminación de los pueblos, el propio presidente aclaró que no querían que llegara alguien más al poder y que la situación se repitiera, así que ellos administrarían el país- algo de esto recuerda Irak-, palabra que en el diccionario de las relaciones internacionales tiene un solo sinónimo y todos lo conocemos. De manera que los intereses de convertir a Venezuela en el Estado 51 dejaron de ser una hipérbole de tuitero para volverse un cronograma, y el resto de la región no perdió su soberanía por decreto sino por contagio, supeditada al anticomunismo y a la concepción empresarial de Israel y Estados Unidos, que es la única teología política que en este continente nunca ha necesitado misioneros.
Sin embargo, el triunfo de Abelardo Gabriel se inscribe en otro punto, y es aquí donde la sátira se rinde ante el material: defensor de narcotraficantes y paramilitares, su triunfo en sí mismo es un pleonasmo. No hace falta caricaturizarlo. Sería redundante, en últimas sería como ponerle bigotes a un retrato de Dalí.

Una teología política para Latinoamérica
Conviene, eso sí, detenerse en la genealogía espiritual del asunto, porque el Tigre —así se hace llamar, y uno debe respetar las taxonomías que cada quien elige para sí— no inventó nada, y su gobierno tiene una liturgia mucho más antigua que la camiseta amarilla. Dentro de la iglesia católica, los lefebvristas, seguidores de monseñor Marcel Lefebvre, sostuvieron que la misa debía decirse en latín y de espaldas a la gente, y aunque el pleito parecía una disputa de sacristía sobre rúbricas y ornamentos, en realidad se trataba de una tesis política completa: que el pueblo asista pero no entienda, que participe pero no delibere, que el idioma del misterio sea propiedad del oficiante y que la modernidad -el Concilio Vaticano II, la democracia, los derechos, la idea entera de que un ser humano pueda opinar sobre lo que se le hace- fuera un error histórico a corregir. Lefebvre fue excomulgado en 1988 por consagrar obispos sin permiso de Roma, gesto que sus fieles interpretaron como martirio y que Roma interpretó, con más precisión, como cisma; y no es casualidad que ese fundamentalismo reaccionario donde la propiedad, la familia y el Estado caracterizaban sus planteamientos encontrara su versión latinoamericana en la Tradición, Familia y Propiedad que Plinio Corrêa de Oliveira fundó en São Paulo en 1960, con capas rojas, estandartes de león rampante y una convicción central: que la igualdad es un pecado contra el orden natural.
Y en Brasil, durante el gobierno de Bolsonaro, la cosa se abarató hasta la perfección con la bancada del buey, la bala y la biblia. El buey del latifundio necesita frontera agrícola y por lo tanto necesita que el bosque y quienes lo habitan, desaparezcan; la bala que se vende como derecho individual del ciudadano de bien, funciona como privatización del monopolio de la violencia; y la biblia, que no es la biblia sino su gerencia, encargada de bendecir las dos anteriores y de convertir el resentimiento en devoción y la devoción en voto. Un ecumenismo del odio, que ha logrado reavivar no sólo a Hitler y Mussolini, como personajes icónicos, sino sobre todo una mixtura de antiderechos y pentecostalismo de raigambre reaccionaria, que en el caso colombiano viene mezclada con el paramilitarismo y con la herencia de los carteles del narcotráfico. Porque la traducción colombiana de la trinidad brasileña es fiel pero mejorada. En Colombia el buey no es el latifundio sino la hacienda comprada con dólares lavados, la bala no hubo que legalizarla porque nunca dejó de circular, y la biblia llegó con estudio de mercado, transmisión en vivo y diezmo por transferencia bancaria- hasta con datáfono. Somos, en materia de reacción, un país exportador.

Conversos y perversos
Sobre el personal que administrará esta reconquista, la prensa ha sido pudorosa, mientras los expedientes no. El asesor de lujo del régimen entrante es Carlos Alonso Lucio, quien del M-19 pasó rápidamente a ser asesor de los paramilitares, congresista, receptor de dineros del Cartel de Cali -como lo declaró Guillermo Pallomari, contador del cartel (Ver imagen 1)- y condenado por falsa denuncia; conviene precisar, no obstante, que llamarlo asesor es quedarse corto por elegancia, porque Lucio fue designado coordinador del empalme, es decir, la figura encargada de conducir la transición entre el gobierno saliente y el entrante, que en cristiano significa el señor que recibe las llaves del Estado, los archivos y las contraseñas. Lo de los paramilitares tampoco es rumor, Diego Fernando Murillo Bejarano, Don Berna, confirmó públicamente que Lucio asesoró al grupo en varias reuniones y que incluso recibió apoyo logístico para sus desplazamientos, testimonio que tiene la virtud de venir de una fuente a la que nadie podrá acusar de sesgo antiparamilitar.

La cartera de Cultura -la cultura del narcotráfico- quedó en manos de Paola Holguín, hija de Frank Holguín Ortiz, la ironía se administra sola, porque el episodio no depende de ninguna interpretación militante sino de un radicado. El expediente 31402 corresponde a un proceso de extinción de dominio por un apartamento del edificio Las Lomas, en El Poblado (Barrio exclusivo de Medellín), que Escobar le vendió el 4 de diciembre de 1991 a Frank, operación celebrada mientras el capo estaba preso en La Catedral, por un valor que la Dirección Nacional de Estupefacientes consideró imposible de justificar con sus ingresos; el 7 de febrero de 2003 el Juzgado Tercero Penal del Circuito Especializado de Medellín ordenó que ese apartamento y otras dos propiedades pasaran al Estado, y el Tribunal Superior de Medellín ratificó el fallo en junio de ese mismo año sin que la defensa apelara.
Nunca hubo condena penal por testaferrato -hay que decirlo, y ella lo repite con razón-, pero los bienes se perdieron y nadie fue a reclamarlos, lo cual en este país constituye una forma sofisticada de confesión (a quién interese busque el origen de Tranquilandia o La Virgen del Cobre). La joya del expediente, en todo caso, es la línea sobre la que se sostuvo la defensa durante seis años: que Pablo Escobar no fue condenado por desarrollar actividades de narcotráfico. A la ministra de Cultura de la Patria Milagro le encomendaron «dar la batalla por la Nación», y sería una pena que el país se pierda el detalle de que la batalla cultural la dirigirá quien heredó, sin haberlo pedido y sin merecerlo, las lagunas de la memoria vinculadas a un proceso judicial por un apartamento.
El adorno final lo puso el propio pasado, que en Colombia nunca falta a una cita, digamos como si se repitiera primero como tragedia y luego como farsa. Carlos Lehder, fundador del Cartel de Medellín, reapareció públicamente para respaldar a Abelardo Gabriel y llamar a votar por él, en un video donde convocó a las urnas el 21 de junio por una Colombia soberana y libre. No milita en el consorcio de los firmes por la patria, aclarémoslo, porque la precisión es lo único que nos queda; simplemente opinó, como cualquier ciudadano, y nadie en la campaña consideró necesario devolverle el favor desmintiéndolo. Entretanto el hijo del ministro asesinado por ese mismo cartel, en 1984, fue designado ministro del Interior. El hijo de la víctima como ministro, el socio del verdugo afuera aplaudiendo, la tragedia y la farsa en la misma tarima, y en el medio una economía del silencio que ningún guionista se atrevería a proponer porque se la devolverían por inverosímil.
De los pocos avances que tuvo el gobierno progresista -muchos de ellos mea culpa del propio Pacto Histórico- buena parte será retroceso durante el gobierno de Abelardo, y aquí conviene no confundirse con el vocabulario, porque no se trata solamente de cambios institucionales o en el aparato estatal, sino de cambios en la propia naturaleza de las instituciones y de cambios sustanciales en la constitución política. Derechos como la IVE, la protección de los derechos sociales y la protección del medio ambiente se jugarán en un tablero diseñado y elaborado por el mismo Abelardo de la Espriella, mientras el Congreso ofrece el espectáculo aritmético más melancólico de la temporada. El Pacto Histórico quedó como primera fuerza con 67 escaños entre ambas cámaras, superando ampliamente su resultado de 2022, y sin embargo la derecha en conjunto supera la mitad de las curules de elección popular. Es decir, la izquierda ganó la bancada más grande del país y perdió el país. Tiene la primera minoría, que es el nombre técnico del premio de consolación, y tendrá además la curul que la ley reserva al candidato presidencial que quedó de segundo, para que el derrotado pueda ver de cerca, en primera fila y con micrófono, cómo se desmonta lo que prometió construir.
¿Qué hacer?
Ahora bien, si eso fue lo que eligió una inmensa mayoría, que se enfrenta a una inmensa mayoría en desacuerdo, ¿Qué explica que hayan elegido a este epifenómeno de la política?
Este es el punto donde la izquierda suele equivocarse, con una constante melancólica admirable, convencida de que el expediente basta para juzgar, de que exhibir el apartamento de El Poblado, el testimonio de Don Berna y el video de Lehder alcanzará para que alguien se avergüence. No alcanza, y nunca ha alcanzado. Los doce millones de la segunda vuelta no salieron de una escritura pública de 1991, salieron del tendero que paga extorsión los viernes a “los muchachos”- un epíteto para los paramilitares-, del muchacho reclutado en el Catatumbo, de la señora que no volvió a su parcela, de la sospecha -no siempre injusta- de que el Estado dejó de aparecer justo donde había prometido aparecer. La derecha no ganó porque convenciera a nadie de nada; ganó porque llegó primero a ponerle nombre a un miedo que era verdadero, y nosotros llegamos, puntuales como siempre, con la espada de Bolívar y los fluidos intergalácticos.
Cuando la promesa es cósmica y el resultado es un trámite, el desencanto no regresa al centro, se va al extremo contrario, porque el extremo contrario al menos habla en prosa. Doce millones de personas no votaron por el paramilitarismo, votaron contra una espera; que esa espera la haya cobrado un abogado de narcos con estética felina es nuestra derrota y no nuestra coartada, y responder al bolero con otro bolero -quizás, quizás, quizás- es la forma más elegante de no responder nada.
Habrá que decirlo, entonces, sin la coquetería del lamento. La aspiración que Escobar formuló en 1982 no se cumplió en 2026 porque la historia sea esa línea recta y unidireccional que tanto le gusta a la fuerza reaccionaria cuando escribe sus programas- de 3 páginas empeñadas en la IA-; se cumplió porque nunca desmontamos la matriz cultural que él inauguró y que hoy se recicla en su reverso aparente, con el ascenso económico rápido, la autoridad sin mediación, el que resuelve porque puede y la ley entendida como estorbo de gente sin “malicia indígena”.

La mano dura y el dinero fácil son la misma criatura mirándose en dos espejos distintos, y mientras discutíamos el sujeto revolucionario en seminarios de veinte personas, esa criatura crecía en la casa, en la iglesia, en el barrio y en el algoritmo, que es la única de las cuatro que nunca se toma vacaciones. Ese es el daguerrotipo que debería marcar de manera indeleble nuestro proceder como comunistas: no el inventario de las infamias del gabinete, que ya lo harán los periodistas y lo harán mejor; sino la disciplina lenta y sin titular de estar donde la extorsión ocurre y no donde se tuitea sobre ella, de saber distinguir lo que se pierde por decreto de lo que sólo se pierde por ley y de lo que exige constituyente, y de hablar con esos doce millones como se habla con adversarios políticos y no como se habla con contaminados. Porque si los tratamos como cómplices de Lehder, los perdemos cuatro años más; y en cuatro años este ecumenismo del odio ya no va a necesitar elecciones, del mismo modo que la misa en latín nunca necesitó que los fieles entendieran una sola palabra para que se arrodillaran todos al mismo tiempo.



